Entrevistas
Miquel Joan Far Ferrer Masculinidades igualitarias, salud mental, soledad y democracia
¿Qué les está pasando a los chicos? Mientras crecen la soledad, la ansiedad y la sensación de incertidumbre entre muchos jóvenes, también gana terreno un ecosistema digital que ofrece respuestas rápidas, identidades prefabricadas y culpables fáciles. La llamada manosfera se presenta como un espacio de pertenencia para algunos chicos que sienten que nadie escucha sus dudas, sus miedos o su desconcierto ante un mundo que cambia rápidamente.
Para explorar estas preguntas conversamos con Miquel Joan Far Ferrer, psicólogo, educador y referente en masculinidades igualitarias. Hablamos de salud mental masculina, vulnerabilidad, intimidades congeladas, manosfera, cultura de los cuidados y de cómo construir espacios donde los jóvenes puedan reflexionar sobre quiénes quieren ser sin quedar atrapados entre la culpa y el resentimiento.
La entrevista dialoga además con otra conversación paralela realizada con el dramaturgo y facilitador Tony Cealy sobre masculinidad, salud mental y participación democrática. Juntas, ambas miradas plantean una pregunta que atraviesa todo nuestro trabajo en INSPIRE: si queremos democracias más sanas, ¿qué tipo de hombres necesitamos cultivar?
Inspirados por la filósofa y psicoanalista Cynthia Fleury y su reflexión sobre las patologías de la democracia, propusimos a Miquel un experimento adicional. Le pedimos que imaginara que la democracia misma llamaba a la puerta de su consulta buscando ayuda profesional. En lugar de presentar esa conversación como una sección independiente, hemos ido insertando pequeñas viñetas a lo largo de la entrevista, siguiendo el ritmo de los temas que iban emergiendo. Como si la democracia permaneciera sentada discretamente en el diván mientras hablamos de vulnerabilidad, cuidados, polarización, confianza o soledad masculina.
Las respuestas de Miquel componen así un segundo relato que atraviesa toda la conversación: el retrato de una democracia cansada, desorientada y necesitada de cuidados, cuyos síntomas no son tan distintos de algunos de los malestares que observamos hoy entre los jóvenes.
Navegar hacia otras masculinidades
En Manuscrito para tripulantes que surcan hacia la igualdad utilizas constantemente la metáfora del viaje y del cuaderno de bitácora. Antes de entrar en el fondo de la cuestión, ¿por qué decidiste utilizar precisamente la imagen del viaje para hablar de masculinidad?
MJFF: Hay un concepto del mundo de la náutica que siempre me ha parecido muy sugerente: la circunnavegación. Hace referencia a un doble viaje. Por un lado, al trayecto que realizas hacia un destino; por otro, al viaje interior que ocurre mientras recorres esa ruta.
Me parecía una imagen muy útil porque los procesos de transformación personal funcionan de una manera parecida. Podemos tener unas coordenadas, unos objetivos o unas referencias, pero al mismo tiempo cada persona desarrolla un recorrido propio, íntimo y singular. Ambos viajes suceden simultáneamente.
El feminismo ha realizado una labor extraordinaria en este sentido, generando marcos alternativos y ampliando las posibilidades de ser mujer. Los hombres, en cambio, todavía estamos en una fase mucho más incipiente.
La idea era precisamente jugar con un universo que me era ajeno, el mundo de la navegación. Si yo era capaz de aproximarme a ese lenguaje y familiarizarme con él, cualquier hombre podría también acercarse a aquello que llamamos masculinidades alternativas, disidentes o igualitarias. De ahí surge la metáfora del viaje.
Construir una cultura alternativa
¿Cuáles son los principales obstáculos que encuentran los hombres cuando intentan cuestionar los modelos masculinos heredados?
MJFF: Creo que el gran obstáculo sigue siendo la falta de una cultura alternativa suficientemente consolidada. Lo que llamamos masculinidad hegemónica no es únicamente una suma de comportamientos individuales; es una cultura completa, con sus referentes, sus modelos de éxito, sus expectativas y sus recompensas.
El gran reto consiste precisamente en construir una contracultura capaz de ofrecer otros guiones de vida. El feminismo ha realizado una labor extraordinaria en este sentido, generando marcos alternativos y ampliando las posibilidades de ser mujer. Los hombres, en cambio, todavía estamos en una fase mucho más incipiente. Estamos poniendo los cimientos.
Necesitamos referencias, relatos, prácticas y modelos que permitan imaginar otras formas de ser hombre. Sin esa infraestructura cultural resulta muy difícil sostener cambios individuales.
De hecho, parte del auge actual del neomachismo puede entenderse como una reacción a la aparición de esos relatos alternativos. Cuando una cultura dominante percibe que surgen otras posibilidades, tiende a replegarse y a defender sus privilegios.
¿Pérdida de derechos o pérdida de privilegios?
¿Existe el riesgo de que algunos hombres perciban los discursos sobre igualdad más como una pérdida que como una oportunidad?
MJFF: Sí, totalmente. Vivimos en una sociedad marcada por la incertidumbre, la precariedad y la sensación de que muchas de las promesas de bienestar ya no están garantizadas. Ante esa inseguridad, determinados discursos ofrecen explicaciones sencillas y señalan culpables concretos.
Lo vemos con la inmigración, pero también con el feminismo. Se construyen chivos expiatorios sobre los que proyectar frustraciones que en realidad tienen causas mucho más complejas.
El problema es que seguimos funcionando con una lógica de suma cero: si otro gana, yo pierdo. Bajo esa mirada, cuando las mujeres o determinados colectivos amplían sus derechos, algunos hombres interpretan que necesariamente están perdiendo algo.
Pero eso es una falacia profundamente arraigada en la cultura machista. Que otras personas tengan más derechos no implica que tú pierdas derechos. Lo que puede ocurrir es que pierdas privilegios. Y no es lo mismo.
Vulnerabilidad, salud mental e intimidades congeladas
¿Qué tabúes siguen existiendo entre los hombres cuando hablamos de salud mental?
MJFF: Creo que todo gira alrededor de la vulnerabilidad. Uno de los grandes mandatos de la masculinidad tradicional es la autosuficiencia. La idea de que un hombre debe poder resolver cualquier problema por sí mismo, sin ayuda de nadie.
Cuando interiorizas ese mandato, pedir ayuda se convierte fácilmente en una experiencia de fracaso. Reconocer que no puedes más, acudir a un profesional o apoyarte en otras personas puede vivirse como una prueba de incapacidad. Por eso muchos hombres llegan tarde a los espacios de ayuda. No porque no sufran, sino porque sienten que no deberían necesitar apoyo.
El lenguaje emocional no ha sido históricamente un territorio donde los hombres hayan sido socializados. Cuando una persona intenta poner palabras a lo que le ocurre y nunca ha entrenado ese registro, además de vulnerable puede sentirse torpe, perdida o incapaz.
A eso se suma otro elemento importante: el lenguaje emocional no ha sido históricamente un territorio donde los hombres hayan sido socializados. Cuando una persona intenta poner palabras a lo que le ocurre y nunca ha entrenado ese registro, además de vulnerable puede sentirse torpe, perdida o incapaz. Durante mucho tiempo hablar de emociones se ha asociado a un espacio considerado femenino. Y eso también ha generado distancia.
¿Por qué tantos hombres consiguen hablar durante horas de trabajo, deporte o política, pero les cuesta hablar de miedo, tristeza o soledad?
MJFF: Porque hemos sido educados para mirar hacia fuera.
Desde muy pequeños aprendemos a relacionarnos a través de la acción, la productividad, el rendimiento, la competición o el logro. Son espacios donde adquirimos vocabulario, experiencia y seguridad. En cambio, el mundo interior queda mucho menos desarrollado. La intimidad, la fragilidad o la dependencia aparecen como territorios desconocidos. Por eso me gusta utilizar una idea que toma Paco Abril: la existencia de “intimidades congeladas”.
Los hombres tenemos una enorme dificultad para acceder a determinados espacios de intimidad. A veces digo que a los hombres nos intimida la intimidad. Pero esas intimidades pueden descongelarse.
La experiencia demuestra que cuando aparecen espacios seguros, relaciones cálidas o redes de apoyo, muchas de esas barreras empiezan a caer. Por eso reivindico tanto la ternura como valor político y relacional.
Las mujeres han construido históricamente espacios de sororidad. Quizás nosotros necesitamos construir más fraternas: espacios donde la cercanía, el cuidado y la vulnerabilidad tengan legitimidad. Son esos espacios los que nos permiten, simbólicamente, desenchufar el frigorífico.
Diferencias generacionales, manosfera y jóvenes atrapados entre discursos. Una generación más diversa de lo que creemos
A menudo se habla de una juventud cada vez más polarizada. Sin embargo, tú trabajas diariamente con adolescentes y jóvenes. ¿Qué diferencias observas respecto a generaciones anteriores cuando hablamos de salud mental y masculinidades?
MJFF: Yo, en contra de algunos discursos predominantes, soy bastante optimista.
Lo que encuentro cuando trabajo con jóvenes es, sobre todo, diversidad. Hay jóvenes que reproducen discursos profundamente misóginos, pero también hay muchos otros que hablan con naturalidad de salud mental, que entienden la diversidad afectivo-sexual como algo normal y que muestran una sensibilidad social que difícilmente encontrábamos hace unas décadas.
A veces las posiciones más extremas hacen mucho ruido y parecen representar a toda una generación, pero mi experiencia cotidiana no refleja eso.
Cuando yo era adolescente sufrí una depresión y tuve que vivirla prácticamente en la clandestinidad. No hablaba de ello en el instituto. No podía decir con normalidad que acudía a un psiquiatra. Existía una sensación de vergüenza asociada al hecho de necesitar ayuda.
Lo digo también desde una experiencia personal. Cuando yo era adolescente sufrí una depresión y tuve que vivirla prácticamente en la clandestinidad. No hablaba de ello en el instituto. No podía decir con normalidad que acudía a un psiquiatra. Existía una sensación de vergüenza asociada al hecho de necesitar ayuda.
Hoy veo a muchos jóvenes que hablan con mucha más naturalidad sobre estas cuestiones. Ir al psicólogo o a la psicóloga ya no se percibe necesariamente como algo excepcional o estigmatizante.
Por supuesto siguen existiendo dificultades y contradicciones, pero hay cambios culturales importantes que no deberíamos ignorar. No recuerdo haber escuchado en mi adolescencia conversaciones sobre género, desigualdad o masculinidades. Yo llegué a estas cuestiones mucho más tarde, prácticamente en la universidad.
Por eso hablo de optimismo. No porque los problemas hayan desaparecido, sino porque veo más herramientas, más lenguajes y más posibilidades de reflexión que las que existían cuando yo era joven.
En nuestro trabajo reciente con jóvenes dentro del proyecto SoReDi, centrado en bienestar juvenil, inteligencia artificial y entornos digitales, nos hemos encontrado con una preocupación recurrente. Solemos analizar la manosfera por sus efectos sobre las mujeres o sobre la convivencia democrática, pero hablamos mucho menos de cómo puede afectar a los propios chicos que habitan esos espacios. ¿Reconoces en tu trabajo situaciones en las que jóvenes se sientan presionados por determinados modelos de masculinidad promovidos por la manosfera? ¿Qué formas de malestar, inseguridad o sufrimiento pueden generar estos discursos en quienes intentan encajar en ellos?
MJFF: Sí, absolutamente. Y creo que es una realidad bastante transversal en buena parte de Occidente. Lo primero que debemos reconocer es que existe una dimensión estructural del problema. Estamos hablando de entornos digitales gobernados por algoritmos extremadamente eficaces para captar atención y reforzar determinadas narrativas.
Es muy fácil encontrarse con contenidos vinculados a la manosfera. No hace falta buscarlos activamente. El algoritmo funciona muy bien. Ahí existe una responsabilidad que excede a los individuos. Estamos hablando de grandes plataformas tecnológicas y de decisiones empresariales que tienen efectos profundos sobre la socialización de los jóvenes.
Pero también creo que debemos ser capaces de hacer autocrítica. Quizás algunas estrategias educativas o igualitarias no siempre han sido las más acertadas. Tal vez en ocasiones no hemos medido bien los tiempos o las formas.
Durante los últimos años se han intentado impulsar cambios culturales muy profundos en relativamente poco tiempo. Mientras tanto, los discursos neomachistas se han organizado rápidamente y han construido relatos simples, emocionalmente eficaces y muy atractivos para determinados jóvenes.
Eso ha provocado que algunos chicos vivan ciertos espacios educativos como lugares donde se les acusa antes de escucharles.
Y cuando una persona siente que está siendo juzgada, difícilmente se abre a la reflexión.
Entender antes que juzgar
¿Qué crees que hemos aprendido trabajando con hombres y jóvenes que puede ayudarnos a responder a este fenómeno?
MJFF: Hay una lección muy importante que aprendimos trabajando con hombres que ejercen violencia. Nosotros no justificamos la violencia. Pero intentamos comprenderla. Comprender no significa excusar. Significa entender los procesos que han llevado a una persona a actuar de determinada manera para poder intervenir sobre ellos. Si no entendemos cómo se construyen determinadas conductas, difícilmente podremos transformarlas.
La reflexión crítica necesita tiempo. Necesita contexto. Necesita complejidad. Necesita contradicciones. Y eso resulta mucho menos atractivo en un ecosistema digital diseñado para premiar la inmediatez.
Creo que algo parecido ocurre con muchos jóvenes que hoy se sienten atraídos por discursos de la manosfera. Antes de señalar o responsabilizar, necesitamos comprender qué necesidades están intentando cubrir, qué malestares están expresando y qué preguntas están intentando responder. Después podremos trabajar la responsabilidad. Pero si invertimos el orden, el diálogo se vuelve mucho más difícil. Por eso creo tanto en la creación de espacios seguros. Espacios donde un chico pueda expresar su malestar sin sentirse inmediatamente etiquetado o juzgado.
No porque todo lo que diga sea correcto, sino porque sólo desde ahí puede comenzar una reflexión significativa.
La manosfera y los “mensajes hamburguesa”
¿Qué hace tan atractivos estos discursos para algunos jóvenes?
MJFF: Porque ofrecen soluciones sencillas a problemas muy complejos. La manosfera funciona muy bien emocionalmente. Construye espacios donde muchos chicos sienten que alguien les escucha, les entiende y no les cuestiona de entrada. Además ofrece explicaciones rápidas y fácilmente consumibles. La periodista Carmen Ruiz utiliza una expresión que me parece muy acertada: los llama “mensajes hamburguesa”. Son mensajes fáciles de consumir, rápidos, inmediatos y emocionalmente eficaces.
La reflexión crítica necesita tiempo. Necesita contexto. Necesita complejidad. Necesita contradicciones. Y eso resulta mucho menos atractivo en un ecosistema digital diseñado para premiar la inmediatez.
Por eso el reto no consiste únicamente en desmontar esos discursos. También consiste en construir espacios alternativos que resulten significativos, acogedores y emocionalmente relevantes para los jóvenes.
Construir antifragilidad democrática
Si pensamos en jóvenes que quieren resistir esa presión de la manosfera, ¿cómo se construye esa capacidad crítica o esa especie de antifragilidad?
MJFF: Yo parto de una idea bastante sencilla: la mayoría de los jóvenes quieren ser buenas personas. A veces olvidamos eso.
La inmensa mayoría no desea hacer daño deliberadamente ni construir relaciones basadas en la violencia o la dominación. Lo que ocurre es que necesitan espacios donde poder explorar sus dudas y contradicciones. Por eso es tan importante generar comunidades de confianza.
Hay experiencias muy interesantes que trabajan precisamente en esa dirección. Pienso, por ejemplo, en iniciativas como Broders, impulsada por Leonel Delgado, que crea espacios seguros donde los chicos pueden hablar de sus experiencias sin sentirse permanentemente examinados.
Desde ahí se puede construir reflexión.
Y después vienen las herramientas: la educación emocional, la comunicación, la gestión de conflictos, la construcción de identidades más flexibles o la cultura de los cuidados. No estamos inventando algo completamente nuevo. Disponemos de décadas de experiencia sobre cómo fortalecer personas y comunidades. La cuestión es cómo hacer que esas herramientas resulten tan accesibles y emocionalmente atractivas como los discursos simplificados que circulan hoy por las redes.
Los músculos que se están atrofiando
¿Qué músculos emocionales y democráticos se atrofian cuando predominan modelos basados en la competición, la dominación o el individualismo?
MJFF: Creo que se atrofian precisamente aquellos músculos que nos permiten reconocer nuestra interdependencia. La confianza, la cooperación, la capacidad de pedir ayuda, la capacidad de ofrecerla, la empatía, la escucha y la posibilidad de vernos reflejados en los demás. Cuando todo se reduce a competir o a sobrevivir individualmente, esos músculos dejan de ejercitarse. Y una sociedad donde predomina la desconfianza es también una sociedad mucho más fácil de manipular.
Por eso me preocupa que las respuestas a problemas profundamente colectivos se formulen cada vez más en términos individuales. Parece que todas las soluciones pasan por el trabajo personal, por la mejora individual o por la autooptimización. Sin embargo, los grandes desafíos que enfrentamos requieren precisamente aquello que estamos dejando de practicar: la capacidad de construir comunidad, generar confianza mutua y sostener espacios compartidos.
El músculo del cuidado
Has hablado de cuidados y confianza. ¿Cómo se traduce eso en una musculatura democrática concreta?
MJFF: Hace pocas semanas estaba trabajando con jóvenes en un instituto de Calvià y les pregunté qué significaba para ellos sentirse cuidados. Un chico respondió algo muy sencillo: “Me siento cuidado cuando alguien me dedica tiempo”. Me pareció una respuesta muy potente porque nos recuerda que el cuidado no es únicamente protección. También es presencia, atención y disponibilidad.
Vivimos en una sociedad acelerada que nos empuja constantemente a producir, correr y pasar a la siguiente tarea. En ese contexto, dedicar tiempo a otra persona se convierte en un acto profundamente contracultural. Por eso creo que una parte fundamental de la musculatura democrática tiene que ver con recuperar la capacidad de dedicar tiempo: tiempo para escuchar, para comprender, para encontrarnos y para construir vínculos duraderos.