Entrevistas
Jaume López Cosmovisiones sociales y democracia deliberativa: una conversación sobre cómo entendemos lo común
Hablamos con Jaume López, ex-director general de Buen Gobierno en la Generalitat de Cataluña y profesor en diversas universidades. Actualmente sigue Investigando sobre participación democrática, bienes comunes y cosmovisiones sociales.
Instituciones y democracia deliberativa
¿Qué virtudes ven las instituciones públicas en la democracia deliberativa?
En general, las administraciones públicas no perciben la democracia deliberativa como una aliada, sino como una competidora. Las asambleas ciudadanas o los procesos deliberativos restan poder al statu quo institucional, cuestionan los límites del sistema representativo y abren espacios de legitimidad paralelos.
Sin embargo, cuando se consigue conectar esas experiencias con las instituciones, aparece una oportunidad. Las asambleas deliberativas pueden complementar la democracia representativa, especialmente en temas donde los parlamentos ya no logran una deliberación de calidad. Basta con observar el clima de confrontación política actual: en ningún otro ámbito de la vida aceptaríamos que la gente se insulte o ridiculice continuamente, y sin embargo eso se normaliza en los debates parlamentarios.
La deliberación ciudadana puede ser un antídoto contra esa degradación del diálogo público. A medida que las instituciones comprueban que no sustituye su función, sino que la complementa, se abren más a incorporarla. Muchos procesos sobre temas como el cambio climático han demostrado que las asambleas pueden aportar reflexión, consenso y legitimidad sin amenazar el sistema representativo.
¿Por qué no se hacen procesos deliberativos sobre temas realmente sensibles, como vivienda o migración?
Porque, por ahora, los temas elegidos para las asambleas no se seleccionan por su relevancia social, sino por su bajo riesgo político. Se escogen asuntos “seguros”, que no comprometen las estrategias partidistas ni las alianzas electorales.
Cuando se trata de cuestiones como la vivienda o la migración, donde el posicionamiento de los partidos es nítido y confrontativo, la posibilidad de abrir un proceso ciudadano se percibe como una amenaza. Sin embargo, precisamente por eso serían los temas más necesarios para la deliberación: son cuestiones estructurales donde el desacuerdo bloquea la acción política.
Aun así, soy optimista. Los procesos actuales, aunque sean sobre temas menos conflictivos, están generando aprendizaje institucional. Son un primer paso. Una vez se consolide la práctica deliberativa, podremos abordar cuestiones más complejas. Ya vemos algunos avances en otros países, como el debate sobre la eutanasia en Francia, que empieza a situarse en ese terreno intermedio entre lo socialmente importante y lo políticamente posible.
¿Qué condiciones estructurales o políticas facilitarían que las instituciones vieran la democracia deliberativa como un complemento y no como un competidor?
No creo que, por propia motivación o interés, las instituciones actuales cedan demasiado espacio a la democracia deliberativa. Creo más bien que, en último término, el impulso ha de venir desde la sociedad, ya sea porque se da un contexto de gran desafección política que pone en riesgo las instituciones tradicionales y que hace que éstas busquen reformarse, o porque ese riesgo de desafección se vincula con ciertas ofertas electorales populistas y extremas cuyo alcance se desea minimizar, o porque hay una nueva ola de reivindicaciones democráticas como lo fueron el 15M en su día, o incluso el proceso soberanista catalán. Sin algún tipo de presión o de temor, es difícil que se avance en una profundización democrática como la que supone complementar las instituciones con una verdadera democracia deliberativa.
Otra cosa es que algunas formaciones políticas, y para algunas políticas muy concretas, como ya se hace con otros procesos participativos, como los presupuestos participativos, defiendan incorporar algunas de estas experiencias de democracia deliberativa, incluso como una moda vinculada a un buen gobierno.
¿Podrían los municipios ser laboratorios para probar asambleas sobre cuestiones complejas, dado que el impacto electoral es menor que a nivel estatal?
Sin duda los municipios parecen el lugar más adecuado para cualquier experiencia práctica de democracia deliberativa. No olvidemos que la democracia deliberativa tiene como contexto ideal a las ciudades por su dimensión. Posiblemente se den tres tipos de ventajas a nivel municipal. Por un lado, efectivamente, hay un riesgo más limitado si se tratan temas de competencias exclusivamente municipales. En segundo lugar, hay una mayor flexibilidad para poder desarrollar algunas experiencias novedosas y, ante todo, el vínculo entre territorio y deliberación. La democracia deliberativa es más fácil de entender cuando lo vinculamos a territorios y comunidades del tamaño de un municipio.
¿Cómo articularía una estrategia de medio plazo para que la democracia deliberativa no sea solo un experimento puntual, sino un eje cultural y político estable?
La estrategia a medio plazo para que la democracia deliberativa se vincule con naturalidad a la democracia representativa y a la comprensión de lo que significa una democracia de calidad tiene que ver mucho con un cambio cultural. En primer lugar, con una reapropiación del componente popular de las democracias, que no es lo mismo que populista, que subraya que no se traspasa el poder a los representantes, sino que éstos actúan como vicarios de un poder que siempre está en manos de la ciudadanía. Es cierto que ese cambio cultural tiene que luchar con otra transformación cultural que también se está produciendo, que es aquella que minimiza la importancia de las democracias y se plantea, como vemos en algunas encuestas, la posibilidad de que un buen gobierno sea un gobierno autoritario. Es decir, que la reevaluación de la democracia en estos momentos pasa por dos carriles distintos.
Por un lado, aquel que minimiza sus logros y el impacto que han tenido las democracias contemporáneas y aquellos que, defendiéndola, señalan sus límites. Por lo tanto, tienen una perspectiva también crítica, pero pretenden desarrollarla. A veces, en estos momentos, parece que lo urgente pasa porque ese cambio cultural que minimiza los logros de la democracia sea combatido. Cuando, muy probablemente, no son dos luchas distintas, sino que explicitar los límites de la democracia, acompañada de propuestas para su mejora, es la mejor fórmula para no escapar del debate y ponerlo en manos de aquellos que, simplemente, quieren cargarse la democracia.
¿Cree que la democracia deliberativa puede tener un papel en la gestión de crisis (económicas, climáticas, sanitarias), o es un mecanismo pensado solo para contextos de estabilidad?
No es una pregunta fácil. Creo que, probablemente, cualquier cambio institucional de calidad necesita de una cierta inestabilidad, de un cierto desencanto con el sistema que pretende complementar o reformar, pero, al mismo tiempo, dentro de unos márgenes que no invitan a soluciones extremas contrarias.
Lo vincularía con la pregunta anterior. No creo que haya la madurez política suficiente como para, de una manera generalizada, utilizar las asambleas ciudadanas como una fórmula general para enfrentarse a grandes problemas. Pero eso no quiere decir que el cuestionamiento de la democracia no dé oportunidades para presentar a las asambleas ciudadanas como una fórmula para superar los límites actuales, especialmente en lo que se refiere a la falta de deliberación de calidad en las ágoras representativas, y contrarrestar el pesimismo generalizado del que se aprovechan los que se presentan como “salvadores del pueblo” para destruir el sistema democrático.
Cosmovisiones y participación ciudadana
¿Qué entendemos por “cosmovisión social”?
El concepto de cosmovisión social hace referencia a los marcos cognitivos inconscientes, a esos filtros desde los cuales la ciudadanía interpreta la realidad sociopolítica. Son los lentes a través de los cuales miramos el mundo, incluso sin darnos cuenta. Esos filtros determinan lo que consideramos “normal”, aquello que nos parece esperable o correcto.
Cuando las personas valoran una política pública, leen un periódico o evalúan una propuesta política, lo hacen siempre en referencia a esa idea implícita de normalidad. Esa concepción no es explícita: se construye a partir de un sistema de valores que aprendemos, compartimos o cuestionamos, y es precisamente eso lo que denominamos cosmovisiones sociales.
En nuestras democracias occidentales conviven hoy tres o cuatro grandes cosmovisiones, que actúan como posicionamientos previos a la ideología o al voto. Por primera vez en la historia no hay ninguna claramente dominante. En otras épocas existía una cosmovisión hegemónica; hoy, en cambio, vivimos una coexistencia tensa que se traduce en lo que algunos llaman “guerras culturales”. Pero no se trata tanto de una diferencia de culturas, sino de valores fundamentales sobre qué es lo correcto, lo deseable o lo justo en el ámbito social y político.
¿Cómo influye esta teoría en los procesos participativos donde deben convivir distintas cosmovisiones?
El marco teórico de las cosmovisiones sociales puede aplicarse a cualquier política pública, porque nos ofrece una herramienta interpretativa de enorme valor. Pero, además, puede utilizarse de manera práctica: nos ayuda a diseñar procesos más conscientes y representativos.
En los procesos participativos solemos tener en cuenta ejes tradicionales como la clase social, el género o la edad, que garantizan diversidad. Sin embargo, deberíamos añadir otro eje igual de importante: el de las cosmovisiones. Representar diferentes formas de entender la realidad permite confrontar visiones del mundo que, aunque invisibles, determinan cómo valoramos lo que consideramos justo, moderno o deseable.
Por ejemplo, ¿cuál es el papel del mercado en nuestras vidas? ¿Todo debe medirse en términos de éxito económico? ¿Entendemos la realidad desde un prisma más espiritual o más materialista? ¿Nos sentimos identificados con los valores nacionales o con una perspectiva más global?
Diseñar procesos que hagan visibles y conscientes estas miradas permite generar consensos más profundos. Del mismo modo que hoy reconocemos los sesgos de género, también debemos reconocer los sesgos derivados de nuestra cosmovisión. Esto permite comprender mejor los desacuerdos y construir acuerdos cruzados que integren distintas formas de normalidad.
¿Estamos ante la aparición de una nueva cosmovisión más radical o polarizada?
Las cosmovisiones son filtros tan amplios que rara vez surge una nueva, salvo que se produzca un cambio civilizatorio profundo. Lo que sí puede suceder es que algunas cosmovisiones ganen visibilidad o influencia en la esfera pública.
No ha habido, en sentido estricto, un desplazamiento de valores, sino una transformación del espacio comunicativo: ahora tienen voz pública valores que antes permanecían silenciados. Por ejemplo, durante años algunas personas pudieron sentirse incómodas con ciertas políticas feministas o ecologistas, pero preferían no expresar su desacuerdo porque se consideraba socialmente inapropiado. Hoy, gracias (o por culpa) de la dinámica de las redes sociales y de ciertas estrategias políticas que fomentan la polarización, esas voces encuentran legitimidad para expresarse, a menudo de forma radical o provocadora.
No es tanto que los valores hayan cambiado, sino que han cambiado las condiciones para expresarlos. En la esfera pública entran y salen valores en función de los contextos, de los discursos dominantes y de la correlación de fuerzas.
Yo suelo hablar del modo fotografía y del modo película: el primero nos permite observar que hay cosmovisiones distintas en tensión; el segundo, entender que esas cosmovisiones evolucionan, que se mueven. Y, en esa evolución, a veces lo que parece un retroceso es solo la visibilización de algo que ya existía, pero no se expresaba abiertamente.
Cultura, valores y el papel de lo común
¿Puede la democracia deliberativa acercar a los jóvenes a la política?
Solo parcialmente. Su impacto directo es limitado, porque la participación suele ser por sorteo y afecta a un número reducido de personas. Pero sí puede tener un efecto indirecto: si mejora la calidad del sistema y aumenta la confianza en las instituciones, puede reducir la desafección generalizada hacia la política.
Curiosamente, los jóvenes no son invisibles. Se habla constantemente de ellos en los discursos institucionales: son una referencia permanente en el lenguaje de la legitimidad. Sin embargo, eso no se traduce en políticas reales que respondan a sus preocupaciones. En la práctica, los jóvenes están presentes en el discurso, pero ausentes en la acción.
Las protestas por la vivienda son quizá una excepción reciente, pero en general las movilizaciones sociales siguen siendo protagonizadas por generaciones mayores, más socializadas en la protesta. Los jóvenes deberían aprovechar más las oportunidades que ofrece el sistema, aunque también es cierto que el sistema actual no facilita demasiado su implicación.
¿Qué podría hacerse para acercar más a la juventud a la vida política?
Se pueden hacer muchas cosas, pero la mayoría son microacciones: pequeños gestos que fomenten la participación. Sin embargo, el verdadero cambio tiene que ser cultural.
Vivimos en una sociedad profundamente individualista. Los jóvenes han sido socializados en una cultura del “tú puedes solo”, de la autoayuda, del éxito personal y rápido. En generaciones anteriores, lo común era una forma de vida, una estrategia de supervivencia. Existían las cooperativas, las redes vecinales, las mutualidades… Hoy esos espacios han sido sustituidos por soluciones inmediatas, digitales y de consumo.
El reto no es solo ofrecer actividades políticas o participativas, sino reconstruir el valor de lo común. Reaprender que la cooperación no es un ideal abstracto, sino una necesidad vital y política
Por eso el reto no es solo ofrecer actividades políticas o participativas, sino reconstruir el valor de lo común. Reaprender que la cooperación no es un ideal abstracto, sino una necesidad vital y política.
La cosmovisión de una persona, además, no es fija. Se forma a partir de factores biológicos, como la predisposición a la empatía o el temperamento, y de factores sociales, como la educación o los valores del entorno. Los valores culturales dominantes pueden favorecer una cosmovisión más materialista o pragmática, pero eso no significa que las personas cambien su estructura mental de raíz.
A veces, lo que cambia no es la cosmovisión, sino el contexto que permite expresarla. Por eso, cuando se dice que la juventud actual es más “machista” o más “individualista”, conviene preguntarse si antes lo contrario era realmente cierto, o si simplemente no se expresaba. Las variaciones visibles en los valores públicos responden más a dinámicas comunicativas o mediáticas que a verdaderos cambios civilizatorios.
En definitiva, vivimos en un tiempo donde las cosmovisiones se enfrentan más abiertamente, pero también donde tenemos la oportunidad de hacerlas dialogar. Esa es la tarea: construir espacios deliberativos que reconozcan esas diferencias y las conviertan en una fuente de aprendizaje común.
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La entrevista tuvo lugar en el Foro sobre Deliberación, Creatividad y Democracia, durante los días 15 y 18 de Octubre de 2024, gracias al apoyo de la Open Society Foundation y la Diputació de Barcelona.