Entrevistas

Núria Ferran Ferrer HerStory: una memoria feminista al servicio de las voces olvidadas

10/marzo/2026 por Cristian Palazzi
Núria Ferran Ferrer
Cristian Palazzi

Cristian Palazzi

Director de Incidencia y Movilización Ciudadana

Filósofo en Fundación Platoniq y asesor de campañas de crowdfunding cívico en Goteo.org.

Hay historias ausentes, no porque no existieron, sino porque fueron silenciadas, fragmentadas o archivadas sin palabras para nombrarlas. Esta conversación con Núria Ferran Ferrer se sitúa en ese umbral: el lugar donde la memoria deja de ser un depósito del pasado y se convierte en una práctica viva de justicia, cuidado y responsabilidad democrática. Nos preguntarmos qué implica hoy narrar con tecnologías avanzadas (como la inteligencia artificial) sin renunciar a una mirada feminista, situada y profundamente política. No se trata solo de recuperar datos, sino de acompañar memorias, de reconstruir vínculos entre vidas, silencios y estructuras de poder que todavía nos atraviesan.

Núria Ferran Ferrer es investigadora y profesora en la Facultad de Información y Medios Audiovisuales de la Universitat de Barcelona. Lidera el grupo de investigación Women & Wikipedia, que estudia el sesgo de género en la coproducción de conocimiento abierto y en proyectos de Wikimedia como Wikipedia y Wikidata. Núria es la investigadora principal del proyecto HerStory, que aplica métodos de arquitectura de la información y sistemas de inteligencia artificial para enriquecer narrativas históricas sobre mujeres e identidades de género marginadas, en contextos de memoria histórica como la represión y la censura franquistas.

Herstory surge como una posibilidad de investigar la represión franquista a partir del acceso a un conjunto amplio de fuentes de datos que hasta ahora estaban dispersas: registros de censura, documentación sobre prácticas represivas y torturas, y hacerlo, además, desde una perspectiva de género explícita. ¿Qué idea o urgencia política dio origen al proyecto, qué borrados o qué violencias busca confrontar?

No lo formularía como una “urgencia política” en el sentido más inmediato, sino como una oportunidad de investigación que se convierte en posicionamiento: partimos de una convocatoria, seguido de lo que nos mueve y de hacia dónde queremos orientar nuestro trabajo. 

El proyecto se activa en el marco de una convocatoria del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, que es probablemente el espacio más competitivo de la investigación estatal y que, en la práctica, configura líneas de trabajo que funcionan como marco de políticas públicas. En esa edición se abrió, por primera vez, una línea específica sobre inteligencia artificial, y decidimos situarnos ahí.

Nos interesaba aprovechar el trabajo con tecnologías de IA desde una perspectiva crítica: focalizarnos en sus puntos ciegos, en lo que suelen ocultar o distorsionar los algoritmos como cajas negras, las alucinaciones, los sesgos, y llevar ese análisis a un marco de trabajo capaz de producir el impacto social que buscamos. Y que ese marco fuese, en concreto, la recuperación y puesta en valor de las vidas y memorias de mujeres en un periodo históricamente silenciado.

Así que tomamos una línea aparentemente neutral y la reubicamos: hablamos de inteligencia artificial, sí, pero la situamos en un terreno no neutral, que es el de una perspectiva interseccional de género aplicada a un periodo histórico que exige precisamente esa mirada. Y esa mirada, efectivamente, es profundamente política.

El sujeto olvidado del archivo feminista

La historia no es neutral, ni lo es el acto de narrar. ¿Qué implica a nivel ético poder reconstruir esas historias personales desde una mirada feminista, qué supone trabajar con estas voces y qué tipo de reparación creéis que es necesaria respecto a estos relatos olvidados o silenciados?

Estamos hablando de recuperar voces de personas que han desaparecido, pero también de muchas que siguen vivas. Entonces, inevitablemente, el proyecto no es solo una investigación documental: es también una forma de poner en valor el trabajo que se ha venido haciendo desde instituciones y colectivos, de reconocer esas trayectorias y, sobre todo, de hacerlas accesibles a las generaciones más jóvenes.

Dar a conocer lo que vivieron personas que podrían ser nuestras abuelas, nuestras vecinas, nuestras familias, tiene un sentido profundamente reparador. Y aquí aparece algo muy significativo: muchas de nosotras hemos crecido en contextos donde nuestras abuelas no quisieron o no pudieron explicar lo que habían vivido, precisamente por miedo. Por temor a hablar, a que hubiera represalias, a reabrir heridas en un entorno donde el silencio funcionaba como mecanismo de supervivencia.

Lo que buscamos es generar herramientas que permitan recuperar esas historias, no desde el morbo ni desde la exposición, sino desde la posibilidad de comprender quiénes somos

Así que parte de lo que buscamos es generar herramientas que permitan recuperar esas historias, no desde el morbo ni desde la exposición, sino desde la posibilidad de comprender quiénes somos, qué memorias nos atraviesan y qué silencios han configurado también nuestras identidades colectivas.

Existe siempre el riesgo de que una voz que ya sufrió una forma de violencia en un momento histórico determinado pueda verse nuevamente expuesta o instrumentalizada en el presente. ¿Cómo estáis trabajando con estas voces para evitar que estos relatos sean cooptados o expuestos de forma que puedan volver a producir daño? 

Ahí hay una diferencia importante: muchos de los casos con los que nosotras trabajamos remiten a represiones estructurales, a violencias de sistema, no necesariamente a violencias íntimas. La manera en que una persona puede experimentar la reparación o la exposición varian según el tipo de violencia.

Hablar públicamente de una violencia estructural puede, en determinados casos, contribuir a una forma de reconocimiento y reparación colectiva. Pero en situaciones como una agresión sexual, por ejemplo, el marco es completamente distinto: requiere un contexto de protección, de cuidado, de red, y sobre todo de consentimiento situado. No puede abordarse del mismo modo. Esa distinción es fundamental en nuestro enfoque.

Desde este punto de partida, también es importante señalar que, en esta fase del proyecto, estamos trabajando con cinco bases de datos que son el resultado de distintos proyectos de investigación previos. Son datos generados con financiación pública y, por tanto, deberían ser accesibles a toda la ciudadanía, tal como establece la normativa. Otra cuestión es que, en la práctica, la accesibilidad real no siempre está garantizada.

Lo que intenta hacer Herstory es precisamente facilitar el acceso a estas fuentes y, al mismo tiempo, conectarlas entre sí. Hablamos de bases de datos sobre brigadistas internacionales, sobre maestras y comadronas represaliadas, sobre los efectos de la Ley de Vagos y Maleantes en colectivos LGTBI o trabajadoras sexuales. Son conjuntos de información ya existentes, pero que hasta ahora permanecían fragmentados. Nuestra apuesta es extraer, vincular y generar interconexiones que permitan nuevas lecturas. 

En paralelo, estamos colaborando con colectivos como Rosa Sensat para generar unidades didácticas y materiales educativos, y con Viquidones para producir artículos enciclopédicos sobre maestras y comadronas represaliadas. Los resultados del proyecto tienen que responder a necesidades actuales: la educación es una de ellas, pero también lo es disponer de una base de datos que permita preguntar por cuestiones distintas.

Y al mismo tiempo, las mujeres disidentes han reivindicado también el derecho a no ser categorizadas. ¿Tiene cabida el silencio, el anonimato o la retirada como formas válidas de participación en torno a HerStory? ¿Qué protocolos o medidas de cuidado en torno a los datos necesitan esas decisiones?

Pues ahí habría que ver, precisamente, cómo describimos a una persona sin forzarla dentro de categorías cerradas. En términos de identidad de género, por ejemplo, nosotras no trabajamos con binarios. Y en otras dimensiones, como la orientación política o las formas de autodefinición, la propia persona puede elegir cómo quiere ser nombrada. En Wikidata, en ese sentido, nada está completamente cerrado: las ontologías son ampliables, se pueden añadir matices, nuevas propiedades, nuevas formas de representación.

Hay que recordar que este es un proyecto de ciencias de la información. Y nuestra disciplina, en cierto modo, se pasa la vida poniendo etiquetas para poder encontrar significado, establecer relaciones, construir intersecciones. Pero precisamente por eso optamos por un modelo de datos como el de Wikidata, que es mucho más abierto y flexible que un catálogo bibliotecario tradicional. Permite una estructura ontológica que no se limita a clasificar, sino que puede incorporar complejidad, ambigüedad, pluralidad.

Además, Wikidata tiene una potencia específica: conecta múltiples fuentes y registros diversos. Las voces disidentes también pueden tener ahí un espacio, porque su información puede articularse desde distintos fondos documentales. Puede ser una manera de emerger sin quedar encerradas en una etiqueta única. Incluso si alguien quiere que su voz sea escuchada sin ser categorizada de forma reductora, al menos puede aparecer con referencias, con valores en los metadatos que la propia persona determine.

Esa es precisamente la ventaja de no ser una caja negra. Si la herramienta es transparente, podemos abrirla, intervenir, modificarla. Es una filosofía de software democrático, vinculada a las prácticas civic tech: el primer requisito es que el código sea accesible, que cualquiera pueda comprenderlo y transformarlo.

Volver a categorizar (en tiempos de la IA)

Herstory es además una relectura de la función del archivo y de cómo la catalogación y la categorización han servido para construir un relato que quizás no se ajusta a la realidad histórica tal y como sucedió, ¿cuánto aprendizaje hay en el proyecto sobre las propios condicionantes ideológicos del archivista?

La archivera piensa en conservar; la bibliotecaria se preocupa por facilitar la consulta. Ese ha sido el punto de partida.

Nosotras intentamos mezclar ambos mundos: nos importa la preservación, pero trabajamos con bases de datos que ya garantizan cierta estabilidad documental. El verdadero reto es el acceso, pero un acceso complejo, capaz de activar múltiples entradas y de permitir relaciones semánticas que enriquezcan las narrativas de este periodo. Y especialmente, que otorguen más relieve a las voces disidentes y silenciadas, que hasta ahora permanecían fragmentadas o marginales.

Esto también revela una carencia estructural en nuestra disciplina: no tenemos formación crítica suficiente sobre las implicaciones éticas y políticas del archivo. No existe, en muchos planes de estudio, una asignatura que plantee explícitamente estas preguntas. Y sin embargo son fundamentales, porque lo que hacemos construye una cosmovisión: determina quién puede acceder a la información, qué historias se vuelven visibles, qué memorias quedan fuera.

Lo que queremos introducir en nuestra disciplina, en el ámbito de la censura, la documentación y las ciencias de la información, es una idea fundamental: que la catalogación y la descripción de los objetos digitales, de un libro o de un archivo, no son nunca operaciones neutrales.

Técnicamente, lo que el proyecto persigue es la generación de conocimiento vinculado tanto a la inteligencia artificial como a la arquitectura de la información. Pero, sobre todo, lo que queremos introducir en nuestra disciplina, en el ámbito de la censura, la documentación y las ciencias de la información, es una idea fundamental: que la catalogación y la descripción de los objetos digitales, de un libro o de un archivo, no son nunca operaciones neutrales. Siempre parten de un posicionamiento político.

No es lo mismo nombrar como “delito” lo que en realidad fue represión política. No era un delito: era violencia estructural ejercida desde el Estado. Y decirlo con todas las palabras forma parte también del trabajo de memoria. Al hacer este desplazamiento reconocemos algo esencial: que nuestra profesión no es neutral. Las ciencias de la información se han vinculado históricamente a técnicas supuestamente asépticas, pero en realidad cada decisión: cómo clasificas, qué etiquetas utilizas, qué categorías priorizas, qué silencios produces, está atravesada por la política. En Herstory queremos poner esto en evidencia y también generar consecuencias en la formación, en la docencia, en las prácticas futuras del campo.

Las tecnologías de IA están entrando en muchos procesos de archivo y narración actualmente. ¿Qué papel juega y cómo se ha considerado usar inteligencia artificial en HerStory? ¿Hasta qué punto se está explorando un modelo de inteligencia artificial distinto, que incorpore dimensiones emocionales, comunitarias, incluso empáticas, más allá del comportamiento habitual de los sistemas actuales?

Nosotras no trabajamos con inteligencia artificial generativa en el sentido que todo el mundo entiende: basada en cálculos probabilísticos que producen respuestas aunque no exista comprensión semántica real y aunque puedan generar alucinaciones o errores, sino que trabajamos con inteligencia artificial neurosimbólica, es decir, con sistemas que dependen del contexto de los datos.

Esto significa que el sistema no responde si no puede contextualizar la información mediante un grafo de conocimiento. Y ese grafo está pensado específicamente para el ámbito de las humanidades digitales, de la historia, y en particular de la represión franquista.

Al no trabajar con una inteligencia artificial generativa, el foco de las respuestas no es producir un resultado automático, sino facilitar información de forma narrativa, contextualizada y abierta a diferentes formatos. La herramienta puede proponer recorridos: desde un relato explicativo hasta un audio, una unidad didáctica o un artículo más elaborado. Pero, además, hay un segundo eje fundamental: la trazabilidad.

Para nosotras es imprescindible que cada palabra, cada afirmación que aparece en una narrativa esté vinculada a su fuente de origen. No habrá nunca un dato dentro del sistema que no remita explícitamente a una referencia. Esa es una diferencia crucial con muchas herramientas actuales de IA, que operan como cajas negras. 

La IA puede amplificar sesgos o reforzar violencias invisibles. ¿Existe alguna reflexión crítica sobre los riesgos de delegar decisiones curatoriales, interpretativas o de selección en este tipo de herramientas automatizadas? ¿Hay límites que HerStory contempla de antemano o no está dispuesta a cruzar en ese sentido?

Absolutamente. Estamos trabajando sobre la represión franquista, es decir, sobre un régimen profundamente patriarcal y autoritario. Pero precisamente por eso, las relaciones semánticas y los principios que rigen nuestras estructuras de conocimiento están definidos desde los objetivos del proyecto: reducir sesgos de género y evitar las alucinaciones o asociaciones automáticas que reproducen estereotipos. Por ejemplo, correspondencias simplistas tipo “médico/hombre” y “enfermera/mujer”.

Nosotras sabemos que esas relaciones se han naturalizado históricamente, y lo que intentamos es romperlas desde el diseño. Cuando establecemos conexiones entre una persona y un oficio, por ejemplo, lo hacemos de forma directa y contextual. El género es un metadato en sí mismo, y además no lo entendemos como binario: trabajamos con una estructura que contempla múltiples valores. Es en ese nivel donde se introduce la política en el algoritmo, porque se define qué principios y qué valores orientan las relaciones.

Pero la corrección no consiste en inventar categorías arbitrarias, sino en intervenir críticamente desde el conocimiento histórico y desde la gestión rigurosa de la información. En ese sentido, sí, hay un posicionamiento político inevitable: estamos poniendo la lupa sobre un periodo fascista y patriarcal, y eso siempre implica conflicto. Pero también es un posicionamiento científico, fundamentado en estudios históricos, en metodologías académicas y en una responsabilidad pública respecto a la memoria.

Recuperar el control: un ejercicio de dignidad democrática

Cristina Fallarás, en su experiencia con La Nuestra, afirmaba: “Cuando a las mujeres se les da autonomía, hay que ofrecerles un lugar seguro, cifrado, un lugar donde no sean ellas las que acaben en el juzgado.” ¿Cómo resuena esta frase en el trabajo que hacéis en HerStory? ¿Cómo se define la seguridad en este tipo de investigación acción en torno a archivos tan sensibles? 

Esta es una cuestión central. Por un lado, estamos analizando y buscando referentes para determinar qué datos personales pueden publicarse y cuáles no. Hay información especialmente delicada. En este proyecto, por ejemplo, el género se trabaja de una manera muy cuidadosa, pero en otros contextos hemos visto hasta qué punto ciertos datos pueden poner en riesgo la vida de una persona: hay países donde una identidad de género puede estar penada con la muerte. Publicar un dato así puede costar un empleo, una red social o incluso la existencia misma. Por eso es fundamental estar extremadamente atentas.

Nosotras todavía estamos en un proceso de definición de este marco. Hasta ahora, trabajábamos principalmente con bases de datos de investigación que, en principio, son públicas: han sido financiadas con dinero público y deberían ser accesibles como tales. Pero el proyecto está abriendo también otra dimensión, porque estamos haciendo una llamada a fondos de información que pueden ser incluso personales, relatos aportados voluntariamente, que después podrán conectarse semánticamente a nuestro grafo de conocimiento y formar parte de una herramienta que articule datos biográficos con otros registros históricos y documentales.

¿Qué pesa más? el derecho a conocer quiénes ejercieron funciones represoras o el derecho de una familia a no quedar marcada por ello.

Y ahí surgen dilemas complejos. ¿Qué ocurre, por ejemplo, con datos vinculados a personas represoras? Si mi padre fue censor, quizá no me hace ninguna ilusión que se sepa. Pero, al mismo tiempo, era un oficio público, remunerado con recursos del Estado. Entonces estamos en ese debate: ¿qué pesa más? el derecho a conocer quiénes ejercieron funciones represoras o el derecho de una familia a no quedar marcada por ello.

Nuestra posición tiende a pensar que cuanto más público, mejor, en el sentido de que el oficio de un padre no implica compartir su ideología ni sus decisiones, y además hablamos de hechos que ocurrieron hace décadas. Pero estamos diseñando un documento que rija la dimensión legal y ética de la protección de datos personales, intentando abrir al máximo sin reproducir daños.

¿Es HerStory un espacio para ensayar formas de dignidad democrática? Además de permitir relatos en torno a personas represaliadas y organizaciones o actores represores, ¿qué tipo de agencia política puede despertar el acto de narrar colectivamente una historia feminista, recuperando datos cruzados de memoria histórica?

Para mí es evidente. Cuando a mí me explicaban la Guerra Civil, me hablaban de militares, de batallas, de quién ganó. Pero casi nunca había oído hablar de maestras represaliadas, de mujeres que no pudieron ejercer durante todo el franquismo por hablar catalán, por defender una escuela mixta, por utilizar libros prohibidos. No se hablaba de comadronas que tuvieron que exiliarse solo por ejercer su trabajo, ni de cuántas personas murieron en campos de concentración, ni de cuántos niños y niñas fueron robados.

Todo quedaba lejano, como un relato abstracto. Y aquí estamos hablando del día a día, de historias de vida concretas, familiares, vecinas, profundamente cercanas. Historias que te interpelan porque podrías ser tú. Yo soy profesora, y pienso en todas esas profesoras que tuvieron que callar, adaptarse o marcharse. Por eso existen estos vacíos.

Además, en el feminismo en particular, es un periodo histórico en el que todavía no se han reivindicado suficientes figuras. Tenemos las mujeres del 36, sí, pero ahora empiezan a emerger otros relatos: se habla del Patronato de Protección a la Mujer, de cárceles específicas, de dispositivos represivos que afectaron especialmente a las mujeres. Esta misma semana ha salido un libro de Carme Guillén [ ‘Redimir y adoctrinar. El Patronato de Protección a la Mujer (1941-1985)’ ]. Todo es muy reciente. Yo nací en democracia y, sin embargo, han pasado cincuenta años y muchas de estas historias no me habían llegado.

Y lo que vamos descubriendo es brutal: por ser mujer ya eras represaliada; por ser lesbiana, aún más. Las mujeres no podían abrir cuentas bancarias, no podían alojarse en un hotel sin permiso del marido… Todo eso empieza a hacerse visible ahora. Es, como decías, llevar los hechos históricos al nivel cotidiano de la vida.

Por eso el foco del proyecto está en el feminismo y en las voces disidentes: porque fueron quienes estuvieron más oprimidas y también quienes más tarde han conseguido que sus historias salgan a la luz. Recuperarlas es una forma de justicia epistémica y política.

En Platoniq estamos trabajando para definir las capacidades democráticas necesarias para una buena deliberación: agencia narrativa, justicia temporal, seguridad relacional, capacidad de imaginación, voz situada. ¿De qué manera crees que Herstory podría contribuir a cultivar alguna de esas capacidades democráticas?

Sí, claro. Yo creo que Herstory puede contribuir de manera muy directa a cultivar varias de esas capacidades democráticas que mencionas, precisamente porque trabaja en un cruce muy particular entre memoria, tecnología y participación.

Para empezar, el proyecto activa una forma de agencia narrativa muy potente. No solo porque recupera historias silenciadas, sino porque permite que esas historias se articulen desde múltiples escalas: desde el archivo institucional hasta la memoria familiar, desde la investigación académica hasta el relato ciudadano. Dar acceso a estas trayectorias y permitir que se conecten es devolver capacidad de narración a quienes históricamente han sido relegadas al margen. Y eso es profundamente democrático: poder nombrar, poder aparecer, poder inscribirse en un relato común.

También hay una dimensión clara de justicia temporal. Estamos trabajando con un periodo histórico cuyos efectos no han desaparecido, pero cuyas memorias han quedado suspendidas, interrumpidas, silenciadas durante décadas. Recuperar esas vidas no es solo mirar al pasado: es reordenar el presente, reconocer que hay continuidades de violencia, de desigualdad, de represión, que todavía estructuran nuestras sociedades. La justicia temporal implica precisamente eso: que el tiempo no cierre en falso, que las heridas no queden cubiertas por el silencio.

En cuanto a la seguridad relacional, creo que es una de las apuestas más delicadas del proyecto. No hablamos de seguridad en términos técnicos únicamente, sino de generar un marco donde las personas puedan acercarse a estos datos sin ser expuestas, sin ser instrumentalizadas, sin quedar atrapadas en categorías rígidas. La seguridad relacional tiene que ver con el cuidado, con el contexto, con la posibilidad de construir confianza en la herramienta, en las fuentes, en el proceso colectivo. Y ahí la trazabilidad, la transparencia y la gobernanza compartida son fundamentales.

También hay una dimensión vinculada a la capacidad de imaginación democrática. Porque cuando conectas datos dispersos, cuando haces visibles relaciones que antes no eran evidentes, aparecen nuevas posibilidades de comprender el pasado y, por tanto, de imaginar futuros distintos. La imaginación aquí no es abstracta: es la posibilidad de decir “esto ocurrió, estas vidas existieron, estas mujeres sostuvieron mundos”, y desde ahí pensar qué otras formas de sociedad podrían haberse construido y todavía pueden construirse.

Y finalmente, la idea de la voz situada atraviesa todo el proyecto. La ciencia ciudadana no es un complemento, es un principio epistemológico: implica reconocer que el conocimiento no pertenece solo a la academia, sino que se produce también desde la experiencia, desde la memoria familiar, desde los cuerpos que vivieron la represión, desde las comunidades que heredaron esos silencios. Incorporar esas voces no es solo sumar testimonios, es transformar el marco mismo desde el que se organiza el conocimiento.

Herstory no es únicamente una herramienta tecnológica o un proyecto de humanidades digitales. Es también una propuesta sobre cómo se construye lo común.

Herstory no es únicamente una herramienta tecnológica o un proyecto de humanidades digitales. Es también una propuesta sobre cómo se construye lo común, Por eso creo que Herstory no es únicamente una herramienta tecnológica o un proyecto de humanidades digitales. Es también una propuesta sobre cómo se construye lo común, sobre qué memorias consideramos legítimas, sobre qué tipo de democracia es posible cuando el acceso a la información se vuelve un espacio de justicia, de cuidado y de agencia colectiva.

En ese sentido, quizá lo más importante es que el proyecto intenta demostrar que la inteligencia artificial, lejos de ser una tecnología neutra, puede convertirse en un dispositivo político y democrático si se diseña desde principios explícitos: transparencia, trazabilidad, participación y justicia epistémica. Esa es, al menos, la dirección en la que queremos caminar.

Narrar la historia como forma de acompañamiento

Dos últimas preguntas, ya entrando en una dimensión más humana del proyecto. Más allá del tratamiento de datos, habéis hablado de espacios de encuentro, de actos, de comunidades que se están generando alrededor del archivo. ¿Cómo puede el proyecto sostener o acompañar esos espacios de escucha, de acompañamiento, de lucha? ¿Qué impacto político puede tener ese entorno?

El impacto social es, para nosotras, el núcleo de la investigación. Si no hay impacto social, no tiene sentido. Por eso nos preocupa tanto la docencia, la formación, pero también el tejido comunitario que se activa alrededor del proyecto.

No sabemos todavía si esta comunidad tendrá vocación de perdurar en el tiempo. De momento, caminamos de la mano de quienes participan para diseñar las herramientas, para mejorar los procesos, para construir una metodología compartida. Pero lo que queremos es que la comunidad, si lo desea, pueda apropiarse de estas herramientas, empoderarse y encontrar oportunidades dentro del proyecto.

Un ejemplo claro es el trabajo con Viquidones. Ellas han visto la posibilidad de recuperar información sobre mujeres represaliadas y comadronas que hasta ahora estaba literalmente almacenada, invisibilizada, como un documento en un archivo cerrado. Al digitalizarlo, estructurarlo y conectarlo semánticamente, se abre la posibilidad de generar narrativas, respuestas, artículos. Por tanto, el proyecto también tiene consecuencias en términos de quién produce conocimiento y quién tiene voz en los espacios digitales.

Es cierto que todavía no hemos articulado cómo se sostendrá esta comunidad a largo plazo. El proyecto dura dos años más. Durante ese tiempo habrá encuentros mensuales, y Viquidones mantendrá también su dinámica semanal vinculada al proyecto. Esa comunidad estará viva, al menos, durante este periodo. Y si crece, estamos ya teniendo conversaciones con la Generalitat, con la Dirección General de Memoria Democrática, para explorar cómo podría tener continuidad dentro del sistema público y cómo los datos administrativos también podrían integrarse en esta arquitectura común.

¿Qué pasa cuando un proyecto entra en el sistema institucional?, ¿cómo cambia la relación con la comunidad?, ¿qué tensiones aparecen entre sostenibilidad y autonomía?

El siguiente gran interrogante es qué ocurre cuando un proyecto de estas características empieza a entrar en el sistema institucional. Porque una cosa es que exista como un espacio comunitario, experimental, con una gobernanza abierta, sostenido por una lógica de colaboración y de apropiación ciudadana. Y otra cosa es cuando se integra en estructuras administrativas más amplias, con sus propios ritmos, sus propias normativas, sus propias jerarquías.

Ahí aparecen tensiones inevitables. Por un lado, la institucionalización puede aportar sostenibilidad: recursos, continuidad, legitimidad pública, capacidad de mantenimiento a largo plazo. Si conseguimos que parte de los datos públicos de la administración se integren en esta arquitectura, el proyecto puede ampliarse enormemente y convertirse en un dispositivo estructural de memoria democrática.

Pero, por otro lado, también existe el riesgo de que, al entrar en el sistema, la comunidad se aleje. Que aquello que era un espacio vivo de participación se convierta en una herramienta más cerrada, más burocratizada, menos permeable a la intervención ciudadana. Son cosas que todavía no podemos resolver del todo porque estamos abriendo camino. Estamos en un momento de exploración, y muchas decisiones se irán tomando en función de cómo evolucione el propio proceso colectivo.

Lo que sí sabemos es que no queremos perder la dimensión de ciencia ciudadana como núcleo epistemológico y político del proyecto. No se trata solo de producir una infraestructura técnica, sino de sostener un espacio donde el conocimiento se construya con las personas, donde el archivo no sea únicamente preservación, sino también acceso, narración, reparación.

Estamos, en cierto modo, en esa frontera: entre la experimentación ciudadana y la posibilidad de convertirse en política pública. Y lo que ocurra dependerá tanto de las instituciones como de la capacidad de la comunidad de seguir reclamando este espacio como propio.

Porque al final, lo que está en juego es quién tiene derecho a narrar la historia, quién tiene derecho a acceder al archivo, y quién decide qué memorias forman parte de lo común. 

Son preguntas que todavía no podemos responder del todo. Son dinámicas que hay que observar, porque no siempre ocurre lo mismo: a veces la institucionalización aporta continuidad y recursos, pero otras veces puede diluir la participación comunitaria. Estamos abriendo camino, y veremos hacia dónde nos llevan las cosas.

Y, para terminar, hay una cuestión que atraviesa todo esto: la dignidad de los testimonios. ¿Cómo proteger esa dignidad democrática frente a discursos que puedan instrumentalizar o atacar el proyecto?

La dignidad de los testimonios se protege desde la seriedad del trabajo, desde el rigor, desde la conciencia de que estamos construyendo memoria sobre “hombros de gigantes”. Y, sin embargo, muchas “gigantas” no estaban. No estaban porque murieron, porque fueron silenciadas, porque el miedo las borró.

Y esos silencios epistémicos, vitales, históricos, han hecho daño. Han perjudicado nuestra capacidad de ser sociedad, porque no hemos conocido estas vidas, estas experiencias, estas pérdidas. Cuántas veces no se nos dijo en casa: “de política no se habla”. Todo eso ha dejado marcas profundas. Por eso tenemos que dar voz a esos silencios.

Cuando hablamos de justicia epistémica, yo lo conecto directamente con el feminismo, pero en realidad es una responsabilidad más amplia: cualquier fenómeno que queda fuera de la mirada académica, cualquier cultivo que nadie estudia, cualquier enfermedad ignorada, cualquier experiencia social relegada, es también un silencio que debe ser interrogado.

Y cuando eliges un proyecto de investigación, no basta con producir conocimiento técnico. Si ese conocimiento está financiado con dinero público, tiene que tener un impacto en la sociedad. Tiene que servir para mirar donde no se ha mirado, para reparar borrados, para hacer visibles las ausencias.

Por eso buscamos justicia epistémica, buscamos los silencios, buscamos dónde ponemos la mirada. Creo que es una responsabilidad fundamental del ejercicio intelectual y democrático.

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