Un cuervo golpeando el portal: BOSCO sigue oculto Esto no es un relato de Edgar Allan Poe, Ni una oficina de Kafka y sus pasillos, donde el expediente se pierde entre sellos amarillos.
Esto va de una administración pública que se niega a mostrar a la ciudadanía el código de un algoritmo que decide quién puede acceder a derechos sociales.
Durante meses, y pese a una sentencia histórica del Tribunal Supremo, el código fuente del sistema automatizado utilizado para gestionar el bono social eléctrico, popularmente conocido como BOSCO sigue oculto. El caso impulsado por Civio ya no trata únicamente sobre acceso a información pública: se ha convertido en uno de los debates más importantes sobre democracia algorítmica y rendición de cuentas institucional en España.
\ “Su expediente sigue pendiente.” “Su solicitud continúa en revisión.” La respuesta se disuelve en niebla procedimental, mientras el algoritmo habla como un dios digital.
La cuestión de fondo es profundamente política: ¿puede una democracia aceptar que sistemas automatizados tomen decisiones sobre derechos sociales sin permitir auditoría pública? ¿Puede la administración esconderse detrás de tecnicismos, silencios procedimentales o supuestas complejidades técnicas para evitar el escrutinio ciudadano?
El caso BOSCO demuestra que el oscurantismo contemporáneo ya no habita únicamente en archivos secretos o despachos cerrados. También vive en APIs inaccesibles, contratos opacos, modelos automatizados y líneas de código protegidas del debate público.
Cada vez más decisiones fundamentales , quién recibe ayudas, quién queda excluido, quién es considerado “elegible” son mediadas por infraestructuras digitales invisibles. Y sin embargo, se sigue exigiendo a la ciudadanía un acto de fe tecnológica.
La negativa continuada de la administración a ejecutar plenamente la sentencia no es un problema técnico: es un síntoma democrático.
Por eso el trabajo de Civio resulta tan importante. Porque obliga a abrir la caja negra. Porque recuerda que la transparencia no puede detenerse justo en el momento en que aparece un algoritmo. Porque defender el derecho a comprender cómo funcionan los sistemas automatizados públicos es también defender el derecho a disputar políticamente sus criterios, sesgos y consecuencias.
Y quizás por eso seguimos necesitando poesía junto al periodismo, el derecho y la tecnología cívica.
Porque el lenguaje burocrático anestesia. Porque los formularios deshumanizan. Porque las respuestas automáticas convierten el sufrimiento en trámite.
La poesía, en cambio, vuelve a nombrar las cosas.
\ Tras cada “incidencia técnica” en papel oficial, hay una familia esperando sin final. Tras cada línea de código escondida al mirar, hay poder fingiendo neutralidad.
Tal vez ahí empiece también la democracia algorítmica: en recuperar la capacidad colectiva de leer aquello que el poder preferiría mantener ilegible.
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