El primer módulo de la Escuela de Creatividad y Democracia, El vértigo del diálogo y la deliberación, establece los fundamentos para entender la participación como un proceso dinámico, impredecible y en constante transformación, donde las convicciones se ven continuamente desafiadas.
De la mano de varios expertos, exploramos el proceso de la deliberación: en primer lugar, hablamos del concepto de democracia creativa y cómo se relaciona con la democracia moderna; también, analizamos los condicionamientos cognitivos que dificultan los procesos participativos; finalmente, reflexionamos sobre la práctica de la deliberación y algunos de sus aspectos más importantes.
Democracia creativa
Todo empieza con una sacudida conceptual. De la mano de Cristian Palazzi, responsable de movilización ciudadana e incidencia en Platoniq, entendemos que la democracia no es una estructura estática, sino un organismo vivo que se crea, se cuida y se transforma colectivamente. Inspirado en el concepto de María Angélica Luna Parra, se propone pensar en la democracia creativa como “el derecho a crear más derechos”. Una democracia que no nace de las leyes, sino de la imaginación, el deseo y la energía política de la ciudadanía. Somos seres creativos, y por tanto, la democracia es aquello que hacemos, no aquello que simplemente heredamos.
El “cono del futuro” nos enseña que si no actuamos con intención, el futuro será solo una prolongación del presente. La opción probable es no cambiar. Así que la opción preferible exige salir de la zona de confort y crear infraestructuras de lo inesperado. Allí donde otras voces no llegan, donde las leyes ya no bastan, la creatividad puede abrir nuevos caminos democráticos.
Lo vemos también con ejemplos históricos y contemporáneos. Desde Fannie Lou Hamer y su consigna radical: “Nadie es libre hasta que todo el mundo sea libre”, hasta Kimberlé Crenshaw y su teoría de la interseccionalidad, comprendemos que las opresiones no vienen solas y que las luchas tampoco: se cruzan, se retroalimentan, se transforman mutuamente. Escuchamos el eco de Sojourner Truth, el impulso de Tarana Burke con el #MeToo, la denuncia lúcida de Moya Bailey con el concepto de misoginia negra, y el grito colectivo de Cristina Fallarás con #Cuéntalo. Movimientos como el 15M, Black Lives Matter o Refugees Welcome no sólo exigieron cambios, sino que crearon lenguajes, imaginarios y conceptos políticos que hoy usamos para medir la acción pública. Todo esto nos lleva a comprender que la creatividad no es un lujo, sino una condición para ampliar la democracia.
Patricia Luján, desde su experiencia como creativa publicitaria y fundadora de School of Feminism, nos enseña cómo usar el marketing como una herramienta política al servicio de los derechos. A través de sus campañas por el 25N o el 8M, entendemos que la creatividad puede ser también una forma de pedagogía pública: clara, directa y viral.
Decidir cambios con palabras
Pero imaginar no basta: hay que saber cómo pensamos en común. Y ahí aparece Ernesto Ganuza, investigador del CSIC y experto en democracia deliberativa. Con él desarmamos nuestros propios supuestos: no somos mentes aisladas cargadas de valores que se expresan automáticamente. Somos seres situados, atravesados por nuestras historias y sesgos, que razonan en interacción con otros. La deliberación no consiste en opinar más fuerte, sino en escuchar perspectivas distintas y construir sentido común compartido. Lo importante no es la diversidad de opiniones, sino la diversidad de trayectorias.
Somos seres situados, atravesados por nuestras historias y sesgos, que razonan en interacción con otros
Ganuza nos alerta sobre el riesgo de la polarización y el pensamiento en burbuja, y nos muestra cómo evitarlo implica diseñar procesos participativos que no dejen a nadie fuera desde el principio. La convocatoria, el diagnóstico, la formulación de propuestas y el seguimiento deben planificarse con criterios claros de justicia, representación y cuidado. Porque la participación no es espontánea ni neutral: es un proceso que hay que tejer con método y afecto.
La deliberación puesta en práctica
En ese punto del viaje, Olivier Schulbaum, director estratégico de Platoniq, y Oliver Escobar, investigador de la Universidad de Edimburgo, nos llevan aún más lejos. Escobar nos enseña que la participación institucional (la Wider Democracy) debe convivir y aprender de las formas más libres, abiertas y creativas de participación ciudadana (la Wilder Democracy). Qué importamte es poder de combinar diálogo y deliberación (modelo D+D), donde primero construimos relaciones, comprensión y relato compartido, y solo después resolvemos y decidimos desde la inteligencia colectiva.
Para participar bien, hay que saber comunicarse bien. Se hace necesario entonces saber distinguir entre debate (imposición), diálogo (entendimiento) y deliberación (decisión compartida con razones públicas). Y que para que un proceso sea justo, no basta con que el resultado nos guste: tiene que sentirse legítimo en su forma.
Para lograr una democracia realmente justa, hay que superar las barreras estructurales que excluyen a los de siempre. La deliberación en enclaves, por ejemplo, permite que grupos con experiencias comunes —como personas migrantes, racializadas o jóvenes con problemas de salud mental— construyan primero su voz en un entorno seguro antes de exponerse al debate público. La discriminación positiva, bien entendida, no es un privilegio: es una herramienta para nivelar el terreno y garantizar la libertad real de participar. Eso es lo que propone la Escuela de Creatividad y Democracia.
La Escuela no son solo conceptos. También casos reales. Como el caso de Olot, donde colectivos sociales, propietarios y agentes inmobiliarios trabajaron con el Ayuntamiento para combatir el racismo inmobiliario, nos mostró cómo es posible crear procesos participativos cuidados, honestos y transformadores. O la Asamblea Ciudadana por el Clima de Escocia, con sus 105 participantes seleccionados por lotería cívica postal —considerando edad, género, etnia, nivel de ingresos, discapacidad, actitud climática, y más—, un ejemplo de democracia radicalmente inclusiva, donde no solo se decidieron políticas: se cultivó pertenencia, respeto y comunidad.
Elaboración de un proceso de participación ciudadano. Paso 1: diseño de una muestra
Como cierre de este módulo, trabajamos en el diseño de una muestra para un proceso participativo real. Lejos de ser un simple ejercicio técnico, se trata de una práctica profundamente política:
- ¿A quién convocamos?
- ¿Quién queda fuera?
- ¿Qué criterios usamos para imaginar lo común?
Y de esta forma volvemos al origen de todo lo aprendido: participar es imaginar, deliberar, crear, proponer, facilitar y sostener.
Porque si algo queda claro es que la democracia no está dada: se imagina, se practica y se defiende todos los días. Y eso es lo que propone la Escuela de Creatividad y Democracia.