Entrevistas

Luísa Franco Machado "La IA feminista es un proyecto democrático". Sobre desaprender para reivindicar otra forma de vivir y sentir la tecnología

19/mayo/2026 por Cristian Palazzi
Luisa Franco Machado
Cristian Palazzi

Cristian Palazzi

Director de Incidencia y Movilización Ciudadana

Filósofo en Fundación Platoniq y asesor de campañas de crowdfunding cívico en Goteo.org.

Luísa Franco Machado es una activista brasileña por los derechos digitales, investigadora en justicia de datos y fundadora de EquiLabs, un laboratorio global liderado por jóvenes que trabaja para imaginar y construir futuros digitales más justos. A través de sus contenidos en redes sociales, Luísa ha acercado debates sobre feminismo, gobernanza de internet y derechos digitales a una comunidad internacional de más de 60.000 jóvenes. Primera persona abiertamente queer en presidir el Parlamento Juvenil brasileño, Luísa entiende el activismo como un trabajo de traducción entre mundos: entre instituciones y juventudes, entre experiencia vivida y política pública, entre teoría queer, feminismo interseccional y diseño tecnológico. 

En esta entrevista, Luísa nos invita a desaprender la idea de que el mundo digital ya está dado y no puede transformarse. Desde su experiencia como activista queer, investigadora en justicia de datos y fundadora de EquiLabs, propone mirar la tecnología como un campo de disputa política donde las juventudes, los feminismos, las comunidades queer y los saberes situados no solo deben ser escuchados, sino reconocidos como fuerzas capaces de imaginar y construir otros futuros. La conversación recorre el poder de la comunidad, la urgencia de abandonar lógicas extractivas y la necesidad de abrir las instituciones a nuevas formas de experiencia, liderazgo y democracia.

El poder de desaprender

A lo largo de tu trayectoria, la idea de desaprender parece ser una constante, desde tu activismo queer hasta tu trabajo sobre justicia de datos. ¿Qué significa desaprender para ti en el contexto de la tecnología y los movimientos sociales? 

Luísa: Desaprender ha sido realmente importante para mí porque creo que todas, de alguna manera, hemos asumido la idea de que los sistemas digitales en los que vivimos ya están dados; que esta es la realidad, que esto es lo establecido, que este es el statu quo. Y nos sentimos tan impotentes que ni siquiera imaginamos que un futuro diferente pueda ser posible, ni que podamos tener voz en las decisiones y políticas que después se van a implementar y que van a impactar en nuestras vidas. 

Para mí, desaprender nace de esa curiosidad por imaginar qué mundos son posibles y qué mundos digitales son posibles. Pero también nace de la honestidad de reconocer que, para construir esos mundos distintos, alternativos y mejores que queremos, tenemos que cambiar la forma en que hacemos las cosas. Tenemos que cambiar quién tiene el poder de influir en las políticas públicas, en las decisiones corporativas o en cualquier otro tipo de decisión; también en cómo se asignan los recursos.

desaprender viene de la curiosidad de saber que las cosas pueden ser diferentes, pero también del coraje de decir: esto es lo que tiene que cambiar.

 

Así que, para mí, desaprender viene de la curiosidad de saber que las cosas pueden ser diferentes, pero también del coraje de decir: esto es lo que tiene que cambiar. A veces, necesitamos soltar algunos de nuestros privilegios y pensar cómo podemos usarlos para construir un mundo diferente. En ese sentido, desaprender es cambiar cómo hacemos las cosas y cuál es nuestro papel en ellas.

En este sentido, ¿cuáles crees que son las principales narrativas o supuestos que necesitamos desaprender para construir una relación mejor con el mundo digital?

Luísa: Una de las cosas que necesitamos desaprender es qué consideramos experiencia experta y qué tipos de conocimiento merecen ser escuchados. Creo que, como sociedad valoramos muchísimo la experiencia académica. Invitamos a personas expertas a hablar sobre determinados temas, y eso es una parte importante, pero no creo que debamos quedarnos ahí. 

Por otro lado, como dirijo EquiLabs, una organización liderada por jóvenes, me gustaría decir que acoger y valorar la experiencia juvenil es algo que creo que todo el mundo se beneficiaría de aprender, o más bien de desaprender. La experiencia juvenil no consiste solo en que aportemos energía o en que sea divertido estar cerca de personas jóvenes. Muchas veces, los conocimientos que aportamos como jóvenes son muy valiosos para las políticas públicas. Sin embargo, muchas veces quienes diseñan políticas no están preparados para escuchar lo que tenemos que decir ni los tipos de conocimiento que llevamos a la mesa: conocimiento sobre feminismo interseccional, sobre derechos queer, sobre cómo usamos las redes sociales, sobre los daños que experimentamos en ellas y sobre cómo nos organizamos colectivamente para combatirlos. 

Creo que así se construyen políticas exitosas, ya sean políticas públicas o incluso cambios dentro de las plataformas, si es que eso es posible. Es realmente una pérdida cuando no estamos dispuestas a desaprender la forma en que entendemos y valoramos la experiencia experta.

De hecho, muchas personas jóvenes se sienten desencantadas o desconectadas de las instituciones. ¿Cómo puede el desaprendizaje ayudarlas a conectar?

Luísa: Creo que funciona en las dos direcciones. Las personas jóvenes están desencantadas con las instituciones porque, históricamente, las instituciones no les han dado un espacio real para hablar de sus necesidades; y no solo para hablar de sus necesidades desde una posición extractivista. Como joven activista, esto es algo con lo que también lucho mucho. Estamos entrando en un momento en el que cada vez más instituciones se dan cuenta de que tenemos cosas que decir y, entonces, crean una plataforma juvenil para que podamos opinar. Pero muchas veces eso se siente un poco como la mesa de los niños, ¿sabes? Es como decir: “hemos creado la mesa de los niños”, donde invitamos a jóvenes a hablar, pero las decisiones reales se toman en otro lugar. Eso lo vemos, lo sentimos, nos sentimos usadas como cuota, y acaba pareciendo inútil. 

Necesitamos que las instituciones nos vean como socias en igualdad de condiciones, del mismo modo en que verían a cualquier otra persona, para que podamos confiar en que nuestra experiencia será valorada, nuestro tiempo será respetado y nuestro conocimiento será tomado en serio. Así que sí, va en las dos direcciones.

Entiendo que todo esto que me explicas está íntimamente relacionado con EquiLabs. ¿Puedes explicar sus objetivos, su propósito, cómo empezó o aquello que sientas que es importante contar?

Luísa: EquiLabs nació de una mezcla de rabia ardiente y del coraje de imaginar que los futuros digitales pueden ser mejores. 

Todo empezó con mi propia trayectoria en el activismo internacional. Hace un par de años fui nombrada por Naciones Unidas como joven líder para los Objetivos de Desarrollo Sostenible. La ONU me reconoció porque empecé a publicar en TikTok sobre feminismo, derechos digitales y gobernanza de internet. Yo, como brasileña y única brasileña de mi clase en una universidad de élite en Francia, sentía que ese conocimiento estaba siendo mantenido bajo llave, y quería difundirlo. Así que empecé a hablar de ello en portugués en TikTok y a traducir ese lenguaje académico a un lenguaje que más personas pudieran entender. Estuve haciéndolo durante un par de años para, de alguna manera, abrir camino. Después fui nominada por la ONU y empecé a hacer casi lo contrario: traducir las demandas juveniles a espacios de toma de decisiones de alto nivel, como la Asamblea General de la ONU y todas esas conferencias elegantes de Naciones Unidas. 

Pero entonces me di cuenta, otra vez, de que era la única persona en esos espacios que se parecía a mí. Era la única persona joven, a menudo la única persona de la mayoría global, la única persona queer, lo que quieras. Así que fundé EquiLabs porque quería construir un movimiento de derechos digitales liderado por jóvenes, y sabía perfectamente que no podía hacerlo sola y tampoco quería hacerlo sola. Necesitaba a más personas a bordo, pero muchas personas jóvenes no se ven a sí mismas como activistas de derechos digitales, sí por ejemplo activistas climáticas. Podríamos decir que EquiLabs nació con la voluntad de acercar a más jóvenes al activismo por los derechos digitales. 

Somos un laboratorio de derechos digitales. El nombre juega con la idea de imaginación, de imaginar futuros digitales distintos. Nos llamamos laboratorio porque estamos experimentando con diferentes formas de incidir realmente en las políticas. Formamos, empoderamos y dotamos de recursos a jóvenes para que se den cuenta de que, en realidad, ya son activistas de derechos digitales, y para que usen ese conocimiento para impactar en políticas públicas a nivel internacional, quizá en el futuro también a nivel nacional. Y lo hacemos globalmente.

Justicia de datos

¿Cómo llevas perspectivas situadas o comunitarias a esos espacios sin que sean absorbidas por la burocracia? ¿Cómo lidias con eso?

Luísa: Diría que es un trabajo constante de traducción: traducir entre mundos distintos y hacer un poco de puente. Si voy a la ONU y hablo de la misma manera en que hablo con mis amistades, nadie me va a tomar en serio allí, porque hay ciertos códigos que necesitas seguir y que solo conoces una vez que estás dentro. Pero, al mismo tiempo, si hablo con mis amistades de la misma manera en que yo, o las personas responsables de políticas, hablamos en la ONU, van a decir: “esto no me habla, no puedo conectar con esto en absoluto”. Por eso creo que este trabajo de traducción entre mundos es tan importante. A veces escuchas a responsables de políticas decir: “cada vez que abrimos consultas juveniles, nunca participa nadie”. Claro, porque nadie habla vuestro idioma, la gente no tiene acceso a esos recursos ni al tiempo necesario para participar. Hay una desconexión real. Eso es lo que intentamos hacer: tender puentes entre esos mundos diferentes.

¿Podrías mencionar un proyecto, una tecnología, un recurso o lo que sea que puedas explicar desde una perspectiva feminista a una audiencia burocrática?

Luísa: El año pasado, di un discurso en el que me pidieron hablar sobre democracia e inteligencia artificial, y sobre la conexión entre ambas. Mi afirmación principal en ese discurso fue que la IA feminista es un proyecto democrático. Cuando llevamos el feminismo interseccional a la forma en que se desarrolla la IA, pero también a cómo se gobierna y se diseña, convertimos esa herramienta en una herramienta más democrática. Más personas pueden sentirse representadas por lo que la herramienta puede hacer y, al mismo tiempo, se reducen los daños, porque la mayoría de los sistemas de IA convencionales hoy están muy sesgados, son sexistas, se utilizan para generar deepfakes de mujeres desnudas y también para oprimir a personas queer. Así que vuelvo a repetirlo: la IA feminista es un proyecto democrático y es posible. Pero, para eso, hay que escuchar a las feministas. Hay que escuchar a las personas queer que llevan tiempo utilizando el feminismo interseccional y la teoría queer para analizar estos sistemas y proponer marcos mejores. 

Juventud, democracia y resistencia

Has reunido una comunidad global de más de 60.000 jóvenes en torno a los derechos digitales. ¿Qué te han enseñado las nuevas generaciones sobre la resistencia y la esperanza? ¿Hay alguna iniciativa que te guste especialmente, o algo que quieras destacar?

Luísa: Las personas jóvenes me han enseñado que, para resistir, necesitas estar en comunidad. La comunidad es una parte realmente importante de mi trabajo y algo de lo que creo que más personas se beneficiarían. Para generar cambio hay que hacerlo en comunidad; no puedes hacerlo sola. Primero, porque cuando lo haces sola se vuelve muy solitario. Estamos viviendo una enorme crisis de salud mental, en la que muchas personas de mi generación se sienten completamente ansiosas, deprimidas y desempoderadas, y la respuesta a eso es la comunidad. A través de la comunidad construyes movimientos, defiendes cambios y creas cosas diferentes. Así que la comunidad siempre es la respuesta.

Para expandir nuestra imaginación necesitamos, en primer lugar, provocación: ser provocadas por realidades diferentes. Pero también necesitamos ejemplos de lo que ya se ha hecho y de las posibilidades que existen.

Desde el aspecto queer, como la primera persona abiertamente queer en presidir el Parlamento Juvenil brasileño, ¿qué barreras tuviste que romper? ¿Qué lecciones extraes de esa experiencia para otras personas jóvenes líderes queer o disidentes?

Luísa: Me encanta esta pregunta porque últimamente he estado dándole muchas vueltas a lo que implica entrar en estos espacios siendo una persona queer. Muchas veces siento que es bastante evidente. Por supuesto, depende de cada persona y de su experiencia, pero siento que las personas queer visten de cierta manera, se comportan de cierta manera, y que a menudo es muy visible que eres queer. A mí me pasa: cuando voy a ciertos lugares siento que soy diferente del resto. Llevo ropa distinta, el pelo distinto, piercings, tatuajes. Creo que es muy importante llevar elementos que me permitan sentir que estoy siendo yo misma; sentir que puedo entrar en esos espacios, hablar de lo que quiero hablar y llevar mi experiencia vivida, que es muy valiosa como persona joven queer viviendo en Berlín. Pero también he aprendido a hacerlo de una manera que pueda ser tomada en serio por instituciones que, al final, son simplemente personas: millennials, boomers, gente con experiencias vitales diferentes a la mía. 

Siento que las generaciones mayores suelen tener miedo de hablarnos porque, al vernos, proyectan cómo se relacionan con sus hijas, con sus familias, con sus nietas y yo, personalmente, cuando entro en estos espacios, intento hacerlo con una mente abierta. Me parece bien que la gente cometa errores siempre que esté dispuesta a aprender y a mejorar. Pero, desde el otro lado, también necesitas personas abiertas a enfrentarse con algo diferente, con algo que quizá nunca han visto antes, y a no juzgarlo ni rechazarlo inmediatamente como algo sin valor. Creo que hay muchísimo valor en el aprendizaje intergeneracional, pero también en aprender unas de otras y desde nuestras experiencias. Eso me ha dado muchas cosas maravillosas.

Hablando de métodos que pueden impulsar o facilitar el encuentro entre personas diferentes, ¿qué papel juega la imaginación en la construcción de un futuro digital más inclusivo?

Luísa: Para mí, la imaginación empieza por creer que existen otras posibilidades, pero para eso tienes que poder verlas. Hay muchas iniciativas en Brasil y en América Latina sobre IA feminista, sobre aplicaciones de IA lideradas por personas queer, sobre IA localizada, sobre maneras distintas de hacer las cosas. Para mí, la imaginación tiene que ver con eso. Para expandir nuestra imaginación necesitamos, en primer lugar, provocación: ser provocadas por realidades diferentes. Pero también necesitamos ejemplos de lo que ya se ha hecho y de las posibilidades que existen. Esa sería, para mí, una pequeña receta de la imaginación: confrontación con nosotras mismas y con otras personas, ejemplos, las pioneras que puedan inspirarnos. Para mí, expandir nuestra imaginación también significa expandir quién es respetado y reconocido como líder.

Una pregunta un poco más técnica: ¿cómo puede la política pública incorporar esta nueva energía, esta nueva creatividad y este nuevo sentido de urgencia de la juventud sin diluir su poder transformador?

Luísa: Las personas jóvenes siempre han contribuido a la política pública. La mayoría de mis amistades que fueron becarias alguna vez eran quienes escribían los informes de políticas, quienes redactaban los discursos para ministros. Las personas becarias han sido la columna vertebral de la política pública desde siempre. Entonces, ¿cómo podemos dejar de ver a las personas jóvenes como becarias, desde una mentalidad extractiva de “qué puedo extraer de ellas mientras yo soy reconocida como quien lo hace”, y empezar realmente a darles plataforma? Como decía al principio, se trata de verlas de igual a igual. 

Desde mi experiencia, las personas jóvenes tienden a aprender más con otras personas jóvenes, del mismo modo que las mujeres tienden a inspirarse más en otras mujeres, y así sucesivamente. Necesitamos este tipo de experiencia para construir mejores políticas para todo el mundo. Lo he visto en mi trabajo: trabajé en el gobierno durante tres años antes de fundar EquiLabs, también en organizaciones internacionales, y he visto que, cuando incorporas estas nuevas perspectivas, cuando llevas el feminismo interseccional o la teoría queer, en realidad construyes políticas públicas mejores para todas las personas. Cuando empiezas a ver esto como una oportunidad para que las personas responsables de políticas representen mejor a la sociedad, creo que eso por sí solo debería ser un incentivo suficiente para incorporar estas voces y verlas de igual a igual. Pero, para eso, tenemos que soltar esta mentalidad extractiva.

Si pudieras compartir un mensaje con quienes son responsables de esta mentalidad extractiva, ¿cuál sería el primer desaprendizaje que propondrías hoy?

Luísa: Creo que insistiría en el extractivismo. Cuando hablamos de extractivismo, necesitamos desaprender hasta qué punto creemos que podemos extraer de las personas, de las cosas y del medio ambiente. Cuando hablamos de alimentar la inteligencia artificial, muchas veces estamos extrayendo del medio ambiente, porque necesitamos centros de datos para alimentar los sistemas de IA. Así que estamos extrayendo del medio ambiente. Cuando extraemos datos de las personas, también estamos reproduciendo esa mentalidad extractivista. Creo que necesitamos desaprender el extractivismo, de verdad. Las cosas no están ahí para ser tomadas. Los datos de las personas no están ahí para ser tomados. Las emociones de las personas no están ahí para ser tomadas. Y cuando desaprendemos ese extractivismo, se abre espacio para la co-creación, para la colaboración, para dar en lugar de tomar.

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