Aprendizajes
“La transición energética en La Palma solo tiene sentido si la lidera la ciudadanía”. Cómo impulsar una asamblea ciudadana sobre el clima.
Hablamos con Nuria Albet, de La Palma Renovable, una organización que está impulsando la Asamblea Ciudadana por la Energía en la isla de La Palma, en Canarias. La Palma Renovable es un proyecto nacido de un movimiento ciudadano, la Plataforma por Un Nuevo Modelo Energético (Px1NME), que impulsó la Ruta por un Nuevo Modelo Energético y el Manifiesto del Electrón (documento suscrito por todas las administraciones locales de La Palma).
¿Qué tiene de especial La Palma Renovable y qué podemos aprender de ella?
Es una iniciativa que nace desde la ciudadanía. De hecho, La Palma Renovable es un movimiento ciudadano que surge de otros movimientos que reclamamos que la isla sea 100% renovable. Pero no solamente buscamos ser 100% renovables: queremos que la gobernanza y la propiedad de la transición energética estén en manos de la ciudadanía, para que tenga también un impacto directo en la economía local.
¿Cuáles son los pasos que habéis seguido?
Llevamos mucho tiempo en realidad. Empezamos desde la Plataforma por un Nuevo Modelo Energético y el grupo local de Suma Energía en La Palma hace más de diez años, impulsando la transición. Se consiguió que el Cabildo, el gobierno insular, y los 14 municipios de la isla, además de todos los partidos políticos, terminaran firmando el Manifiesto del Electrón.
Ese fue el punto de partida: ahí se expresó el objetivo de ser 100% renovables, pero también que fuera la ciudadanía quien tuviera la gobernanza del proceso. A partir de ese momento convencimos al Cabildo de poner recursos. Hace ahora seis años nació La Palma Renovable, ya constituida como asociación sin ánimo de lucro. Desde entonces desarrollamos proyectos muy diversos, con financiación del Cabildo, siempre con el mismo enfoque: colocar a la ciudadanía en el centro de la transición energética y del reto climático.
¿Cómo es que el Cabildo ha integrado la voz de la ciudadanía en un objetivo tan transformador?
Creo que hay varias razones. La Palma tiene unos 70.000 habitantes (oficialmente 80.000), es una escala muy humana. Aquí trabajamos directamente con las personas, y cuando entiendes la problemática se hace evidente que había que actuar. Somos una isla desconectada, sin cable de otro lugar, y ahora mismo solo un 10% de la electricidad es renovable. Esto significa que, si un día dejan de llegar barcos, nos quedamos sin energía, sin comida y sin agua. En ese momento no había prácticamente nadie en la administración trabajando en energía.
Fue la ciudadanía la que forzó que el tema se pusiera en la mesa. Justo entonces la Comisión Europea lanzó una iniciativa para seleccionar islas piloto en transición energética. Nos presentamos, ganamos y desde hace seis años trabajamos también con Bruselas. Creo que hubo casualidades y también una visión estratégica: articular un trabajo profesional dentro de la isla, pero también tejiendo conexiones fuera, desde Madrid a Bruselas, con proyectos potentes.
¿Cómo se gobierna este movimiento ciudadano?
Tenemos varias patas. Por un lado, La Palma Renovable funciona como una herramienta bastante única, aunque sin procesos muy formales. Pero ya hemos creado una comunidad energética: una cooperativa sin ánimo de lucro con más de 200 personas. En la cooperativa sí que tenemos procesos de democracia interna, con asambleas y grupos de trabajo temáticos. Y en estos años hemos vivido debates y dilemas muy interesantes, que muestran cómo un grupo pequeño puede tener un gran impacto en toda la isla. Por ejemplo, tras el volcán vimos la necesidad de explorar la energía geotérmica.
lo esencial es tener la estrategia grande en la cabeza, conocer bien la complejidad del sistema y hablar desde la emoción
Es un proceso carísimo (unos 30 millones de euros solo para estudiar su viabilidad). Grandes empresas como RedSol querían entrar, también el sector público, y ahí la comunidad energética tomó posición: solo participaríamos si había mayoría público-comunitaria. Al final entramos, y aunque nuestra parte era mínima, logramos que hoy la gran mayoría del proyecto sea público-comunitario. Eso demuestra que una organización pequeña puede tener impactos insulares.
Además de esa incidencia técnica, ¿cómo ha sido la relación política con los representantes?
La carta no, pero lo demás, casi todo. Al final es la escala humana: nos conocemos todos y todas. Eso permite hablar directamente con alguien que creías en desacuerdo y descubrir que no es así. Una de las cosas que más he aprendido es a quitarme los prejuicios partidistas.
Cuando trabajas con personas desde los valores y las emociones, sobre todo en temas tan fundamentales como la supervivencia en una isla pequeña y aislada, surgen consensos inesperados. Sí, hay cañas, llamadas telefónicas y encuentros informales que cambian las cosas.
¿Alguna anécdota que ilustre esa forma de hacer política?
Muchísimas. Pasa constantemente. Por eso es difícil hacer un manual. Para mí lo esencial es tener la estrategia grande en la cabeza, conocer bien la complejidad del sistema y hablar desde la emoción, sabiendo que la otra persona también vive en la isla, con sus hijos y nietos. Un ejemplo claro es la Asamblea Ciudadana por la Energía en La Palma. Logramos que todos los partidos políticos se comprometieran gracias a una conversación con una persona que, al inicio, no estaba de acuerdo. Hablando desde la emoción cambió de opinión, y eso arrastró al resto.
¿Qué ventajas ves en el formato de Asamblea Ciudadana?
Me fascinan varios elementos. En lo micro, la transformación de las personas: alguien entra a la asamblea siendo uno y sale siendo otro. Ese cambio no se explica en un libro, solo se vive. Yo lo conecto con las universidades populares escandinavas, donde experimenté el valor del conocimiento vertical: el que surge de estar en contacto con otras personas. En lo macro, la energía es la base de toda la economía.
No basta con cambiar tecnología: hay que afrontar un cambio socioeconómico brutal. Eso no puede decidirse en un despacho, requiere que toda la ciudadanía entienda el dilema y lo debata. Una asamblea no dará la solución final, pero sí es un primer paso hacia un debate transversal imprescindible.
¿En qué punto está ahora la Asamblea?
No hay respuesta clara, porque todo va lento en La Palma. Ya había 150.000 € en el presupuesto de este año, pero no se ejecutó por falta de mecanismo. Ahora creemos que hemos encontrado la manera y la idea es empezar el año que viene y terminar en dos años, con 300.000 €. Además, pensamos en una preasamblea: formar no solo a quienes salgan en el sorteo, sino a toda la isla, con procesos de formación y sensibilización previos. Así generamos confianza y un movimiento más amplio.
¿Qué esperas del futuro?
Difícil decirlo. Hemos vivido un volcán, con procesos participativos mal planteados en medio del trauma, y ahora hay cierto rechazo a la participación. Por eso la preasamblea es tan importante: reconstruir la confianza democrática. Pero la verdad es que avanzamos en medio del caos, con crisis climática y energética desbocadas. Trabajamos de forma ágil: con objetivos claros, pero revaluando constantemente sobre la marcha.
Después de tantos años, ¿qué aprendizajes políticos y organizativos te llevas?
Muchísimos. Viniendo del activismo es fácil criticar, pero cuando estás dentro entiendes las inercias y la burocracia. Cosas que imaginabas rápidas tardan dos años. Un aprendizaje clave es que hay que formar también a los funcionarios y responsables políticos. Hace poco organizamos una formación en el Cabildo y vimos reacciones muy potentes.
Muchos comprendieron que necesitamos entidades transversales y priorizar expedientes clave para no perdernos en la burocracia. Lo esencial es que la ciudadanía siga empujando con objetivos claros, aunque cambien los partidos o el contexto. Porque, de lo contrario, la inercia económica seguirá devorando los avances renovables.
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La entrevista tuvo lugar en el Foro sobre Deliberación, Creatividad y Democracia, durante los días 15 y 18 de Octubre de 2024, gracias al apoyo de la Open Society Foundation y la Diputació de Barcelona.