Entrevistas
Garikoitz Lekuona "La democracia deliberativa y la representativa deben aprender a convivir". Experiencias desde la Asamblea Ciudana de Tolosa
Garokoitz es técnico de participación del Ayuntamiento de Tolosa, aunque su título oficial dentro del servicio municipal es el de Comunidad y Gobernanza. Acompañó a la Asamblea Ciudadana de tolosa en su realización en 2021-2023. Ya nos lo adelanta: “Nos encargamos de cuestiones más amplias que la participación, pero dentro de ellas está este campo central de nuestro trabajo: el generar procesos de participación ciudadana que mejoren la vida de la gente.”
¿Por qué un ayuntamiento tiene que impulsar la democracia deliberativa en su territorio?
Garikoitz: Yo creo que lo que realmente ocurre es que tenemos problemas sociales, políticos y económicos que están aflorando tendencias bastante peligrosas para la democracia. Ese es mi discurso: no es solo la complejidad de la sociedad o la desafección de la ciudadanía respecto a la política, como se suele decir. El trasfondo es mayor.
Estamos obligados a conectar con la sociedad porque lo que ha demostrado el tiempo es que, para ciertas políticas, la ciudadanía ya no se conforma con la democracia representativa
Estamos obligados a conectar con la sociedad porque lo que ha demostrado el tiempo es que, para ciertas políticas, la ciudadanía ya no se conforma con la democracia representativa. Es más: considera que los representantes políticos no deben gestionar libremente ciertos temas sin contar con ella, y por eso reclama tener su propio espacio de poder para decidir sobre políticas públicas que afectan directamente a sus derechos y necesidades básicas.
Uno de los procesos que habéis puesto en marcha desde el Ayuntamiento es una asamblea ciudadana vinculada a las políticas de salud mental. ¿Cómo llegáis a este tema y por qué ese, y no otro?
Garikoitz: Siendo sinceros, surgió por el momento en que apareció la oportunidad de experimentar con un proceso deliberativo con ciudadanía elegida mediante sorteo cívico. Coincidió en vísperas del final de la legislatura, lo cual generaba cierto miedo: al ser la primera experiencia y tan cercana a unas elecciones municipales, no se quería poner un conflicto social duro sobre la mesa. Eso no significa que no existieran, pero se buscaba un tema que fuera creíble, real y percibido como importante por la ciudadanía, porque de lo contrario se corría el riesgo de parecer que jugábamos o engañábamos a la gente. Veníamos de la pospandemia, con el tema de la salud y el bienestar emocional muy presente en la sociedad, también en Tolosa, y se vio que era un tema idóneo para intentar hacer políticas públicas comunitarias, es decir, Ayuntamiento y sociedad civil juntos. El objetivo era pensar qué políticas había que impulsar para que Tolosa fuese una ciudad más saludable en cuanto al bienestar y cuidado de las personas. El tema, por tanto, nació de la búsqueda de consensos políticos, tanto para elegirlo como para formular la pregunta, y también con la intención de que ese consenso llegase hasta el momento de dar respuesta a las recomendaciones ciudadanas. A partir de ahí, sin embargo, se rompió.
Está bien que la experiencia se construyera desde el consenso y también que al final no se pudiera mantener, porque eso demuestra una contradicción del sistema en el que vivimos. Por un lado, pedimos a la sociedad que construya consensos amplios sobre dilemas, valores y retos, y por otro, seguimos en la lógica representativa de mayorías y minorías, de gobierno y oposición. Ahí es donde se cruzan la democracia deliberativa y la representativa, y ambas deben convivir porque es lo que da legitimidad al proceso.
¿Cuál era exactamente el mandato de la Asamblea? ¿Cuál era la pregunta principal?
Garikoitz: La pregunta era concreta. En euskera la recuerdo mejor, pero venía a ser: ¿Qué podemos hacer, desde la colaboración público-comunitaria, para cuidar la salud y el bienestar emocional de las y los tolosarras?
En una cuestión como la salud mental, ¿cómo os asegurasteis de que estuviera representado el colectivo más directamente afectado?
Garikoitz: Para eso se creó, entre otras cosas, un comité de contenido encargado de garantizar que en la fase de información y formación estuvieran presentes las diferentes voces. Y creo que se acertó. No solo se escuchó a voces académicas e institucionales, como los servicios de salud o distintos profesionales de la sanidad pública, sino que se dio espacio también a colectivos sociales que ya estaban trabajando en el terreno. Eso ayudó a que la ciudadanía sintiera más cercanos los discursos, los lenguajes y las experiencias.
El riesgo siempre existe: que desde el movimiento social haya miedo a que las recomendaciones de una asamblea suplanten o sustituyan el trabajo que ellos ya hacen
El riesgo siempre existe: que desde el movimiento social haya miedo a que las recomendaciones de una asamblea suplanten o sustituyan el trabajo que ellos ya hacen. Pero lo importante fue dar visibilidad a lo que existía y hacerlo desde un lenguaje cotidiano, cercano, a través de las voces de ciudadanos y ciudadanas implicados en proyectos comunitarios.
¿Y cómo manejásteis la diversidad cognitiva que plantea hablar de salud mental en una asamblea ciudadana?
Garikoitz: Todas las sesiones formativas tenían una parte inicial de exposición de unos veinte minutos, a cargo de diferentes expertos, pero después había una dinámica de rotación por mesas, donde esas mismas personas respondían con un lenguaje distinto a las dudas de la ciudadanía. No se trataba solo de transmitir datos e información, sino de generar conversaciones. Ese cambio de formato, más flexible, ayudó a que los conocimientos se entendieran mejor y a que se adaptaran a diferentes formas de comprensión.
¿Qué soportes explicativos se utilizaron para hacerlo más comprensible?
Garikoitz: Se trabajó mucho con información gráfica y con dibujos. Contratamos una facilitación que plasmaba lo escuchado en esquemas, imágenes o representaciones visuales, de manera que los contenidos quedaran resumidos y accesibles. Esos paneles permanecieron visibles durante las cinco sesiones, de modo que en cada nueva reunión un simple golpe de vista servía para volver a situarse y recordar lo trabajado. Esa mezcla de información oficial y traducción gráfica resultó muy eficaz.
Pasemos al impacto. ¿Qué supuso esta asamblea? ¿Realmente cambió algo?
Garikoitz: Fue una experiencia muy potente en todos los sentidos, tanto profesional como personal, pero también muy dura. La conducción del proceso recayó prácticamente sobre nuestro servicio y el desgaste fue enorme, físico y emocional. Durante la preparación y el desarrollo me sentí acompañado, con asesoramiento y apoyo externo, pero el problema vino después: en el post, en el momento de dar respuesta a las recomendaciones y compromisos. Ahí todo el mundo desapareció y la mochila quedó sobre un único servicio. Eso no puede ser. Nos falta pensar cómo sistematizar todo esto dentro del engranaje institucional. Resulta paradójico que una administración tan burocrática y formal no tenga todavía desarrollado cómo incorporar este tipo de procesos a su funcionamiento. La asamblea ocurrió fuera del Ayuntamiento, en un espacio público organizado por él, pero las recomendaciones se transmitieron de manera informal, sin registro jurídico, y lo mismo ocurrió con la devolución política. Todo quedó en un plano no vinculante. Creo que una aportación importante del aprendizaje es que las recomendaciones deberían registrarse formalmente y las respuestas políticas deberían aprobarse en Pleno, para que pasen a ser un compromiso institucional obligatorio, más allá de colores políticos o criterios técnicos. Hay mucho margen de mejora, sobre todo en lo que ocurre después de la deliberación.
¿Y en lo concreto? ¿Ha tenido algún impacto en la salud mental de Tolosa?
Garikoitz: Sí. El compromiso político se estableció a cuatro años y ahora hay temas en la agenda municipal que no estaban antes. Sin este proceso no existirían, ni en la agenda política ni en la técnica. Así que sí, la asamblea introdujo aportaciones ciudadanas que hoy se están trabajando.
¿Qué permitió que la institución fuera sensible y se responsabilizara?
Garikoitz: Una clave fue que, a pesar de las elecciones y el cambio de gobierno, el actual alcalde —que entonces estaba en la oposición— creía en el proceso y mantuvo el compromiso. Eso demuestra la importancia de trabajar los consensos políticos y superar la lógica de gobierno y oposición. También fue clave que existiera un técnico que creyera en el proceso y lo impulsara, y que poco a poco otros departamentos asumieran que se trataba de un tema central. Cuando desde la parte política se transmite que algo es importante, y hay un departamento que mueve las aguas, el resto acaba dedicándole atención.
¿Os piden más?
Garikoitz: Existe ese miedo, porque estos procesos son muy costosos en recursos y dedicación. Pero creo que hay que perder el miedo a la metodología y aprender a jugar con ella, siempre respetando los principios. Hay muchos tipos de mini públicos que pueden aportar frescura para abordar distintas políticas municipales, y la gente lo reclama.
Para terminar: cuando oyes “participación ciudadana” o “educación deliberativa”, ¿qué sientes?
Garikoitz: Para mí la palabra clave es poder. Se usa poco, pero es lo que realmente está en juego. Se trata del ejercicio del poder público, de entender que la ciudadanía puede y debe usarlo, más allá de votar representantes. Aunque no sepamos con precisión qué es la democracia representativa o cómo funciona, tenemos derecho a tener voz y voto en las políticas que nos afectan en lo cotidiano. Se trata de ser conscientes y también participativos, de no renunciar a ese poder.
Puedes consultar las recomendaciones surgidas de la asamblea, aquí
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La entrevista tuvo lugar en el Foro sobre Deliberación, Creatividad y Democracia, durante los días 15 y 18 de Octubre de 2024, gracias al apoyo de la Open Society Foundation y la Diputació de Barcelona.