Entrevistas
Cristina Monge La esperanza activa como capacidad democrática: sobre participación, gobernanza y transición ecológica
Cristina Monge es politóloga, socióloga, profesora universitaria y presidenta de la plataforma Más Democracia. Especializada en democracia, participación, gobernanza y transición ecológica, combina la investigación académica con la divulgación y la incidencia. En sus últimos libros, La gran oportunidad (2025) y Contra el descontento (2026) aborda, respectivamente, cómo hacer de la transición ecológica una oportunidad para fortalecer la democracia desde la justicia social; y cómo recuperar la capacidad de agencia y la corresponsabilidad ciudadana frente al descontento.
En Contra el descontento planteas que debemos recuperar una “actitud activista” frente a la política. Sin embargo, hoy muchas personas se sienten abrumadas e impotentes ante la incertidumbre y la complejidad de los retos globales. ¿Qué le dirías a quienes sienten que no pueden influir en el rumbo de las cosas?
Desde mi punto de vista, la crisis que las democracias atraviesan hoy es una crisis fundamentalmente de confianza. Existe desconfianza hacia las instituciones, los partidos políticos, los medios de comunicación e incluso hacia la ciencia y la producción de conocimiento. Vivimos en un contexto marcado por la incertidumbre, con desafíos de enorme complejidad, y hoy muchas personas no saben en quién confiar para hacerles frente.
Esto extiende, incluso, a una desconfianza de la sociedad en sí misma; en el sentido de que siente que no va a ser capaz de asumir los retos que tiene por delante. Esto es precisamente, creo yo, lo que alimenta esta sensación de impotencia, parálisis, desamparo y, muchas veces, desesperanza.
En este contexto, creo que no se trata de ser optimistas o pesimistas. Lo importante es recuperar la conciencia de que los grandes retos a los que nos enfrentamos, si bien enormes, no son inevitables. Precisamente porque son problemas creados y gestionados por seres humanos, pueden resolverse mediante decisiones humanas, y dependen de las decisiones que tomemos como sociedad.
No hablo de un optimismo ingenuo, sino de una esperanza activa, entendida como la convicción de que todavía podemos influir en el rumbo de los acontecimientos
Precisamente porque estos problemas dependen de decisiones humanas, podemos gestionarlos de maneras diferentes, aprovechando la oportunidad que suponen. Si pensamos en la crisis ambiental, por ejemplo, la ciencia nos dice que nos encontramos en un terreno desconocido y que nunca antes el planeta había estado en una situación semejante. Esa incertidumbre no significa que no podamos hacer nada, sino que todavía estamos decidiendo cómo queremos afrontar esta situación.
Podemos aprovechar esta incertidumbre para que la transición avance hacia una sociedad más justa y democrática —de ahí el título “La gran oportunidad”— o podemos gestionarla desde el negacionismo y el retraso en la toma de decisiones, lo que sólo agravaría los problemas existentes.
Por eso pongo tanto énfasis en la capacidad de decisión. Nada está escrito. Frente a la parálisis, necesitamos recuperar nuestra capacidad de agencia y asumir que el futuro dependerá, en buena medida, de las decisiones y acciones adoptemos (o dejemos de adoptar) hoy como sociedad.
Precisamente, en La gran oportunidad planteas que la transición ecológica puede tomar estos dos caminos ¿En qué punto dirías que nos encontramos ahora?
Creo que estamos en un momento muy delicado. Históricamente, Europa ha sido uno de los grandes líderes mundiales en materia ambiental, impulsando posiciones ambiciosas como el Pacto Verde Europeo, que Ursula von der Leyen definió como “el nuevo modelo de desarrollo de la Unión Europea”.
Sin embargo, hoy la situación es diferente. La transición ecológica está encontrando resistencias importantes. Por un lado, las fuerzas negacionistas ligadas a la extrema derecha. Por el otro, hay corrientes más liberales o conservadoras que, aunque no niegan el cambio climático, sostienen que “no es el momento de actuar” y siempre encuentran un motivo para retrasar las decisiones (la crisis financiera, la pandemia, la guerra en Ucrania, etc.)
Tras las últimas elecciones europeas, ese proceso de desaceleración se ha hecho aún más evidente. Hoy deberíamos estar acelerando la transición y, aunque muchos de los objetivos del Pacto Verde siguen vigentes, en algunos ámbitos estamos frenando o incluso retrocediendo.
Si observamos los modelos de transición, hay casos muy distintos según el país. España, con mayor o menor acierto, ha intentado incorporar la idea de una transición justa a muchas de sus políticas, combinando la transición ecológica con criterios de justicia social. En otros países, en cambio, predominan modelos más neoliberales que impulsan la transición sin esa dimensión social, lo que puede aumentar las desigualdades y terminar erosionando la convivencia y la calidad democrática.En otros países, sin embargo, observamos modelos mucho más neoliberales que impulsan la transición sin incorporar la dimensión social. Eso puede aumentar las desigualdades y terminar erosionando también la convivencia y la calidad democrática.
Desde mi punto de vista, no debemos preocuparnos tanto por equivocarnos como por evaluar continuamente lo que hacemos y corregir cuando sea necesario. Lo importante es avanzar, aprender y rectificar, porque el tiempo apremia.
Al hablar de transición ecológica, algunas personas no terminan de comprender qué relación tiene con la democracia. ¿Cómo explicarías esa conexión a alguien que nunca se la ha planteado?
La crisis ambiental endurece las condiciones de vida en todo el planeta. Lo vemos con las olas de calor, las sequías, las inundaciones, los fenómenos meteorológicos extremos o el aumento de determinadas enfermedades.
Pero este deterioro no afecta a todas las personas por igual. Si bien nos empobrece a todos, no nos empobrece de la misma manera. Una sequía como la que sufrió España hace unos años tuvo consecuencias importantes para el sector agrícola, pero una sequía similar en el Cuerno de África puede convertirse en una crisis humanitaria que afecte a millones de personas. Lo mismo ocurre dentro de nuestra propia sociedad: no es igual afrontar una ola de calor teniendo un hogar acondicionado que hacerlo sin recursos para protegerse.Esa diferencia tiene consecuencias sobre la salud, el bienestar y las oportunidades de las personas.
Y aquí aparece el vínculo con la democracia. La gran promesa democrática nunca fue simplemente votar cada cuatro años, sino construir sociedades más cohesionadas, justas e igualitarias. Cuando la crisis ambiental aumenta las desigualdades, esta promesa pierde credibilidad y la legitimidad democrática comienza a deteriorarse.
Cuando la crisis ambiental aumenta las desigualdades, la promesa democrática pierde credibilidad y la legitimidad de la democracia comienza a erosionarse.
¿Qué capacidades democráticas deberíamos fortalecer entre la ciudadanía para poder hablar de una verdadera cultura de deliberación basada en la escucha activa y el diálogo?
Lo primero que me preguntaría es de quién estamos hablando cuando hablamos de capacidades democráticas. Solemos poner el foco casi exclusivamente en la ciudadanía, pero a quienes más debería interesar que la democracia funcione bien es a las propias instituciones democráticas, que tienen mucho recorrido por delante. Si hablamos de capacidades democráticas, son las instituciones quienes deben trabajar y hacer más esfuerzos por liderar conversaciones y plantear procesos con claridad.
Aquí distingo entre claridad y transparencia: no basta con publicar un documento de cientos de páginas a una web institucional. Eso no garantiza que la ciudadanía pueda comprender qué se está haciendo o qué se desea hacer. Las instituciones deben explicar de forma comprensible cuáles son las decisiones que se quieren tomar, por qué y qué implican para la comunidad. Asimismo, deben poner información, conocimiento y asesoramiento técnico a disposición de la ciudadanía, para que esta pueda opinar o, incluso, plantear alternativas a las propuestas planteadas. Solo así la participación puede producir deliberaciones de calidad.
También necesitamos una ciudadanía que sea más corresponsable y consciente de lo que está en juego en cada decisión pública. Sin embargo, para ello hace falta abrir conversaciones y procesos en los que la ciudadanía pueda debatir sobre las grandes decisiones colectivas. Esos espacios suelen impulsarlos las organizaciones de la sociedad civil, pero también debería hacerse una revisión de los procesos institucionales y las administraciones públicas, que deberían asumir un mayor liderazgo en este terreno.
En España hubo un caso muy sintomático con los llamados ayuntamientos del cambio, alrededor del año 2015. Con los partidos y organizaciones políticas que surgieron del 15M y que luego accedieron a posiciones a nivel institucional, se intentó incorporar formas más horizontales y participativas de hacer política. Sin embargo, encontraron muchas dificultades y barreras, ya que la naturaleza de las mismas instituciones son incompatibles con nuevas formas de organización.
Esto demuestra que no basta con pedir más participación a la ciudadanía: también debemos revisar las propias dinámicas institucionales para que puedan dar cabida a nuevas formas de deliberación y participación. Tanto desde el ordenamiento jurídico como en las metodologías y las dinámicas sociales que se dan dentro de ellas.
Después de tantos años investigando sobre participación y calidad democrática, ¿hay alguna idea que hayas cambiado con el tiempo?
Durante muchos años dimos prácticamente por sentado que aumentar la participación ciudadana conduciría automáticamente a una mayor confianza en las instituciones y a una mejora de la calidad democrática. Hoy debemos reconocer que aquello era una hipótesis, no una certeza. En las últimas décadas se han multiplicado los procesos participativos y, sin embargo, los niveles de confianza institucional no han mejorado; en muchos casos incluso han empeorado.
Eso no significa que la participación no sea importante, sino que todavía necesitamos comprender mejor qué tipo de participación funciona, en qué condiciones y con qué fines. Aquellos que trabajamos en este sector debemos seguir investigando y evaluando nuestras propias prácticas, en lugar de convertir determinadas ideas en verdades incuestionables
A lo largo de nuestra conversación has hablado de esperanza activa y de recuperar la capacidad de agencia. ¿Qué es lo que te hace a ti mantener esta esperanza?
La humanidad se ha enfrentado muchas veces a desafíos enormes y ha conseguido superarlos; no hay ninguna razón para pensar que ahora vaya a ser diferente. Además, la Historia no está escrita ni es resultado de un destino inevitable. Se construye a partir de la correlación de fuerzas que seamos capaces de construir.
Yo quiero formar parte de esa construcción.
Hoy el pesimismo se ha convertido casi en una posición de prestigio. Basta con abrir el periódico o escuchar las noticias para concluir que todo va mal. Lo verdaderamente difícil, y lo verdaderamente valiente, es asumir el reto de pensar y construir alternativas. Esa es, para mí, la verdadera esperanza.